LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

viernes, 3 de marzo de 2017

LGTB: TRAGEDIA DETRÁS DE UN ACRÓNIMO

           El dichoso autobusito ese de una asociación que está en contra de las ideas actuales sobre si tal o cual género - cuya estética, con exclusión de su contenido, es penosísima - le ha hecho más propaganda a las ideas de esa asociación que si hubiera dado una serie de garbeos por los madriles y provincias. Otra. El affaire de los carnavales de las Canarias, no tanto por la blasfemia sino más por el horripilante disfraz y el infatúo maquillaje de la ganadora. ¿No se da nadie cuenta, ni los mismo afectados, que están banalizando esperpénticamente una tragedia real?

         El asunto de los LGBT está dando que hablar mucho por fas o por nefas. La analfabeta progresía casposa lo usa para sus fines políticos apoyando al movimiento aunque en realidad les importe poco. (Quién quiera  puede repasar lo que hacían los regímenes comunistas o el nacionalsocialismo con ellos, y a quién le importaba). El centro y la derecha se suman para que no se les tilde de fascistas pero en absoluto porque este colectivo les importe nada; cuando fueron víctimas  también de los campos de exterminio, como los gitanos y otras minorías étnicas o socialmente rechazadas, nadie se acordó entonces ni se ha acordado nunca de ellos; ut dicitur, sólo sufrieron los judíos. Mas ahora hasta nuestro  rey los ha recibido en su primera audiencia, nada menos, para hacerse la foto de “progre”, que no se diga que nuestra ejemplar monarquía tiene fobias.

         En el fondo me parece que a la mayoría de “gente de bien” les importa poco estas personas. Si, personas: Pedro, María, Arantxa, Vicente o la Josefina que antes fue José. Detrás de las siglas del movimiento Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales hay unas personas,  cada una con un  drama e incluso una tragedia detrás. Pero mucha gente no se ha enterado.  Ese es el meollo de la cuestión. Que son personas, individuos, no una masa amorfa como indican esas siglas.

         Los folklóricos se visten provocativamente en su día, en los carnavales, todo cristo se hace con su banderita o su lacito, no sea que le tachen de homófobo, el peor delito actual. Pero, incluyendo a estos, ¿alguien sabe – ni aproximadamente - qué número hay de lesbianas, homosexuales, bisexuales o transexuales que día a día sufren vejaciones por su condición? No, que van a saberlo, sólo cuentan los que se disfrazan. A cuantos gais y lesbianas que quieren vivir discretamente , porque cada cual tiene derecho a su privacidad, he oído maldecir esas exhibiciones que no sólo logran que les sigan despreciando, sino que además se rían de ellos. Dicen que detrás de cada payaso – que hace reír, que es muy guay - hay una tragedia, y es cierto; detrás de cada lgbt también la hay; lo que pasa es que los demás sólo vemos la folklorada. Triste.

         Precisamente a la progresía casposa le interesa sólo la folklorada, porque  simulan que hacen mucho por toda esta gente y que ahora todo van a ser bendiciones para ellos. Banderas arcoíris y moradas al viento... Mentira. La sociedad española no ha cambiado, ni va a cambiar de la noche a la mañana: lleva un poso de siglos. Ahora  algunos tienen un pensamiento más abierto, pero “hasta aquí hemos llegado”. No creo que ninguno de esos progres de pacotilla les importe un comino solucionar el problema y menos ayudar a los que lo sufren... Estas personas sobrellevan día a día, en la mayoría de los casos, burlas, acosos, desprecios, abusos de compañeros de trabajo, incluso familiares o “amigos”.

         ¿La realidad? Es tan trágica como simple.

         Hazte esta reflexión: Naciste y eras un niño precioso, como todos las recién nacidos. Te fueron vistiendo con colores azules, te dieron cochecitos y camiones  para jugar, soldados de plomo; más adelante un balón de fútbol, unos guantes de boxeo; pero algo no iba bien, primero en casa: te gustaban más las muñequitas o las cocinitas de tu hermana, tus padres se extrañaban, pero poco más. Fuiste al colegio y allí también se dieron cuenta de que eras un niño “raro”; cuando entraste en la pubertad y luego en la adolescencia la cosa se puso fea: eras un marica. Tópica y típica explicación. Pero no, no eres un marica: descubres antes o después, a veces muy después, demasiado después incluso, que la naturaleza, por un error cromosómico, te ha gastado una “broma”, una maldita “broma”: ha recluido toda tu la carga genética, todo lo que hace de ti un ser humano, una niña única e irrepetible ...  ¡en un cuerpo de niño, el tuyo!  

         O viceversa: Naciste y eras una niña preciosa. Te fueron vistiendo con colores rosa: te regalaban muñecas, cocinitas... pero algo no iba bien, te gustaban más los balones de tu hermano, sus guantes de juguete de boxeo...  tu ibas a jugar con los niños, al futbol, a pegarte con ellos porque no te aceptaban, vestías ropa de chico, pelo de chico; al final lograste un puesto en la peña de chicazos, aunque eso sí: para todos eras, al fin y al cabo una niña, pero una niña (luego una joven)  marimacho. Después, también puede que demasiado después, te diste cuenta que la naturaleza te había dado todas las características mentales, psíquicas, sensibles de un niño; pero – repitamos lo que ya hemos dicho -  te enclaustró para siempre en el cuerpo de una niña. 

        Nadie que haya padecido o vivido muy de cerca estos dramas  sabe la tragedia que día a día ahoga a ese niño o a esa niña. Y en la época en la que deben recibir todo su sano desarrollo físico y psíquico.

         En los colegios, no digamos e los internados, cuando a un chico le colgaban el sambenito de marica o a una chica de tortillera – fuera verdad o no, eso las más de las veces se “sabía” - su destino de años de ostracismo estaba marcado; nadie le hablaba, nadie comía en su mesa si podía, nadie se sentaba en la capilla en su mismo banco; por lo demás burlas, agresiones pequeñas, pero constantes... Ese era el pan nuestro de cada día; de ello por desgracia de haberlo visto demasiadas veces, doy fe.

         Es fácil recurrir al mito de que la medicina ha avanzado mucho, que se puede hacer un cambio de género, todo es cuestión de cirugía y hormonas... Así de fácil, como un trasplante de riñón.  Son tratamientos muchas veces imposible, costosisimos, a veces inútiles. Y se pretende, además, que todos – toda la sociedad – lo acepte como algo normal como acepta que hayan trasplantes de órganos. El sufrimiento mental y a veces también somático de estas personas seguirá siendo durísimo, porque en muchísimos casos eso es sólo una utopía y tendrán que cargar con su cuerpo toda su vida. Σωμα ηστiς  σiμα,  "El cuerpo es una cárcel", que ya dijera Platón hace más de dos mil años

         Hace no muchas décadas, cuando ni se pensaba en estos temas, las tragedias se producían igual; nada sabemos ni de hechos ni de consecuencias. Hay una excelente película española de 1972, “Mi querida señorita” – nominada para el Oscar a la mejor película en lengua no inglesa – dirigida por Jaime de Armiñán e interpretada magistralmente por José-Luis López Vázquez,  Julieta Serrano y Antonio Ferrandis que trata, exquisita pero no por ello superficialmente, este drama vivido en una dama solterona de provincias que descubre accidentalmente que siempre ha sido un hombre.  La elegancia de Armiñán consiguió que esta película, que fue un acontecimiento en su época, pasara indemne por la censura. Yo la recomiendo vivamente a quién le interese este tema y/o desee ver un excelente film.

         Hay que preocuparse más de todas estas personas que son discriminadas sin que ninguna haya de ir por ahí luciendo una insignia o una bandera que venga a decir  "Tengo mis derechos como cualquier persona". Nuestros políticos de patio de Monipodio se creen que con una cuantas leyes ridículas ya está todo solucionado...  No se puede creer en serio que por una lecciones en la escuela, mal dadas por gente totalmente ignara, por unos carteles además de estética de los años veinte, se va a conseguir que un chico transexual se vista como una mujer – y viceversa – y se le acepte como de toda la vida.


         Si se soluciona este problema de manera que el hecho de tomar una cañas con un transexual tenga la misma importancia que tomarlas con un señor de bigote o una rubia despampanante sin preocuparnos si ha cambiado de sexo o de género, ese día seremos todos iguales, y LGTB se habrá disuelto como un azucarillo. Pero eso sólo se logra a base de educar a las personas y aplicar la misma ley a todo quisque. Y para eso no hacen falta ni leyes ad hoc ni juzgados y tribunales de excepción. Ni carteles, ni disfraces, ni autobuses. Sólo hace falta que todo esto pase a ser historia, un mal recuerdo.

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