LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

sábado, 25 de febrero de 2017

LA ESTATUA DE LA JUSTICIA HECHA AÑICOS.

IUS SUM QUOQUE NON TRIBUERE

            Hace años, bastantes, recién estrenado este malhadado régimen, al  alcalde entonces de Cádiz D. Pedro Pacheco (mira qué casualidad el nombre) se le ocurrió decir que la justicia en este país era un cachondeo. Como por aquel entonces no se reconocían todavía ciertos derechos, fue juzgado y condenado, creo que sólo a una multa. Pero como ejemplo basta un botón. No sé si este señor vive aún, espero que sí, y creo que si opinara ahora diría cosas bastante más fuertes.
  
          Siempre digo que me libre Dios de escribir sobre este país con  el que poco me siento identificado. Pero visto lo visto no queda otra. Ese atributo divino cuya representación en esta civilización es una dama con los ojos vendados que sujeta una con la mano izquierda una balanza de cruz, con los platillos exactamente equilibrados y con la mano de derecha una espada de doble filo, es definido por  el Derecho romano – cuna del derecho contemporáneo -  Ius sum quoque tribuere. El Derecho consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Hasta aquí, todo siempre ha estado claro, en todos los países de civilización romana o influidos por ella.
          
Pero la venda que cegaba a la Justicia para que todo ser humano fuera igual para ella, ha caído. La balanza, que sopesaba por igual las razones de los justiciandos,  se ha inclinado de uno de sus lados  prostituida su pureza. La espada,  mano de la justicia que cae implacable sobre quien es declarado merecedor de su filo, se ha tornado espada de madera como las que usan los niños para no lastimarse. 

            Todos lo hemos visto y también todos lo hemos sufrido. El honor de España, la honorabilidad del pueblo español reconocida en todo el mundo, ha padecido al deformarse uno de los pilares que la han sostenido por siglos, hasta hace unos días, unas horas.

            O España se regenera o vale más que se disuelva como un azucarillo, y sus restos – si tienen fuerzas – formen otros Estados. Hasta ahora, hubiéramos podido morir con dignidad, pero hemos acabado cubiertos de heces, detrás del último de su estirpe.

             José Antonio – el fundador de Falange - nos dejó escrito que España se daría el régimen político que más le conviniera, una vez triunfase la revolución nacionalsindicalista. En la década de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado circulaba entre los jóvenes falangistas (y otros) unas cancioncillas que no reproduzco, referidas a no sé qué coronas, cartones y uralitas. Estaba claro que ni el régimen monárquico ni el republicano gozaban de la más mínima simpatía. El monárquico porque había traído la ruina de España con la vergonzosa huida del último rey y el republicano porque era rojo por antonomasia.  El color gris no se usaba entonces, sólo el negro o el blanco, y, en similar orden de cosas, el rojo o el azul. Y el “ de colores es el arco iris..” que si alguno de los despistados que me lean recuerdan los cursillos de cristiandad sabrán de qué color hablo.

            Pero las opiniones son variopintas, sobre todo cuando sólo se puede opinar lo que te mandan, y las tornas variaron en los años sesenta. Tras dos décadas de no saber de qué iba el país, y ya que se estaba produciendo un resurgir económico, había que poner las cosas en orden para el día de mañana; cierto que el mañana quedaba muy lejos (no tanto: llegó menos de quince años) pero cara a la galería de voyeurs de las potencias occidentales convenía dar un baño de purpurina a las instituciones, previo al pan de oro que ya se vería si se aplicaba o no. Y como quién pudo hacerlo lo hizo, hete aquí que el Estado Español – que era su nombre oficial – se convirtió en reino. Y quién podía pasó a tener un cargo más: regente del reino.

            Mas el rey ¿quién sería el rey? ¿un reino sin rey? Se buscó entre lo que había y, despreciados los carlistas, quién podía impuso un heredero de la dinastía histórica – más o menos es lo que decía la proclamación. Y “llegado el hecho sucesorio” ( delicado eufemismo de diñarla que se usó literalmente así) nos encontramos con los descendientes consiguientes a la guerra de sucesión, a partir del año de gracia (ejem...) de mil setecientos: La dinastía histórica. Como la república no podía ser (¡porque no, c...!) quien podía hacerlo designó al último descendiente de esa dinastía histórica “a título de rey”.

            Como falangista me ciño a lo que dijo José Antonio y he de reconocer que parafraseando a Marañón que dijo “no es esto, no es esto” - refiriéndose a la república que  él y otros intelectuales de prestigio habían contribuido decididamente a instaurar  - también  “no es esto, no es esto” el régimen actual de España, que consiente tamaños desafueros. La felonía no es de ahora, ya la conocimos con Carlos IV y Fernando VII.  A los seis años del cambio de régimen – la famosísima Transición canonizada y elevada a dogma de fe – se necesitó el montaje - digno de una tragedia griega - de la llegada de Odiseo a Ítaca para salvar la democracia de los aviesos pretendientes que querían eliminarla.  El Odiseo homérico impuso su potestas  fruto de su auctoritas; la tragedia nuestra sólo se ha servido de la potestas, pero desde luego sin la auctoritas. 

           Y sí, España sufre una clase dirigente que, parafraseando también a Rojas Zorrilla, “del rey incluido abajo, todos” tiene potestas sobre todos , Pero desde luego no tiene la más mínima auctoritas sobre nadie

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