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domingo, 5 de octubre de 2014

LA RUSIA DE VLADIMIR III PUTIN, ZAR Y AUTÓCRATA DE TODAS LAS RUSIAS

El personal anda muy revuelto con los problemas entre Rusia y Ucrania. Normal el enfoque que se está dando por las cabezas pensantes de la UE y de los USA, que parecen salidos de la LOGSE, con perdón de la excepciones, que las hay. Ya he dicho anteriormente que el problema subyace en la ignorancia histórica y geoestratégica. Vayamos al primer problema, aunque por sabido avergüence un poco.

Rusia jamás ha sido una democracia, sólo a principios del siglo XX el último zar Nicolás II instauró la Duma, que formada por los altos estamentos apenas llegó a sesionar; la revolución de febrero de 1917 dio al traste con ella. Por lo demás, remontándonos a la fundación de la Rus’ de Kiev por Vladimir I el Santo con su cristianización en 988 (bajo el principio “cuius regio eius religio”), los zares  – y los príncipes  de los primeros siglos – fueron monarcas absolutos. Iván IV Grozni (el Terrible) ostentó por primera vez el título de“Zar y autócrata de Todas las Rusias …”; Pedro I el Grande cambió la palabra zar por la de emperador, más a tono con la europeización que impuso en Rusia. Nicolás II fue el último que ostentó ese título hasta 1917 en que fue depuesto.


Otro aspecto a tener en cuenta es el fuerte desarrollo de Rusia  en determinados años, que son siempre los más despóticos: Ivan IV  (1547 – 1560) estableció una revolución social que acabo con la nobleza de sangre, desarraigándola, y sustituyéndola por una pequeña nobleza de funcionarios; Pedro I  (1672 – 1725) occidentalizó Rusia en sus costumbres, administración, ejército, etc. Fundó la marina de guerra y una enorme flota mercancante y, lo mas importante, fundo ex nihilo una ciudad totalmente europea: San Petersburgo, sobre un terreno totalmente pantanoso e inhóspito en norte del país. La diseño totalmente con un urbanismo calcado de Ámsterdam y de Paris construyo grandes astilleros y fortalezas, la llenó de palacios y convirtió en capital del imperio y residencia forzosa de la corte. Catalina II la Grande introdujo todo el esplendor del clasicismo europeo y la Ilustración, con grandes obras arquitectónicas y urbanísticas.

La última fase de ese desarrollo de Rusia fue, ya en periodo soviético, obra del conocido como “el zar rojo”, Ioisip Vissarianovich Dzuganvili, Stalin (1929 – 1953). Su título oficial fue el de Secretario General del Comité Central del Partido Socialista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas; para abreviar: autócrata del nuevo imperio ruso, ahora llamado URSS. Stalin elevó a la Rusia retrasada, fundamentalmente campesina, incipientemente industrializada pero siempre esclava, de 1917 a la potencia mundial que todos conocimos hasta 1991. Rusia no es sólo la Rusia europea, sino la Rusia asiática, la inmensa Siberia y el Asia Central. En todo este territorio Stalin alzó ciudades, enormes complejos industriales, canales que unieron ríos, carreteras, y un largo etc. Creó unas fuerzas armadas prácticamente invencibles, dotadas siempre del armamento más sofisticado, como se vio en la derrota del poderoso ejército alemán. Elevó tan alto el poder de la Unión Soviética que sólo fue superado por los Estados Unidos.


El coste en vidas humanas en todos estos siglos fue inmenso; según los historiadores más prestigiosos – entre los que no cabe incluir a ningún soviético, sistemáticamente falaces – la reforma de Ivan IV costó la muerte de varias decenas de miles de rusos de todas las clases sociales. La construcción de San Petersburgo por Pedro I llevó a la muerte a centenares de miles de campesinos; el poema del escritor polaco Mickiewicz es lo mas ilustrativo : “ Primeramente, en el seno de estas marismas y de estas arenas movedizas, ha hecho hincar cien mil pilotes con los cadáveres de cien mil campesinos. Después, tras haber asentado sobre estos pilotes y estos cadáveres moscovitas un sólido terreno, unció otras generaciones al carro, a la tumba”. 

Pero quién superó largamente a todos en crueldad y despotismo verdaderamente asiático, propio de un Tamerlán o de un Gengis Jan, fue el georgiano Stalin. Millones de seres humanos de distintas nacionalidades y etnias de la URSS fueron sacrificados sin piedad, no ya por motivos políticos – esa es una cuestión que no vamos a tratar aquí -  sino en la industrialización y en las reformas urbanas y campesinas. El terror rojo desde la revolución de octubre de 1917 hasta la muerte de Stalin en 1953 se calcula en 20 millones de víctimas; de ellas más de la mitad se atribuyen al terror político de Stalin y al uso de millones de presos en campos de trabajo en toda Rusia, desde el círculo polar ártico hasta las estepas del Asia central.

La característica que une a todas estos déspotas es el uso del Terror, la más eficaz manera de someter a un pueblo. Todos los príncipes y zares usaron de una gran crueldad para mantener esclavizados a sus súbditos, se puede decir que sin excepción, crueldad que se aplicaba por los boyardos y la nobleza posterior a sus siervos, por los funcionarios directamente a la población sin excepción, por los superiores en general a sus subordinadas. Esta manera de anular sistemáticamente en las personas todo resto de humanidad, sobre todo en la era soviética, ha mantenido a sus dirigentes como personas faltas de ética, muchas veces en cínicos. Educados en el sistema soviético aprehendieron la moral comunista: la existencia determina la conciencia. No hay actos buenos ni malos, sino según los determinen las circunstancias, siempre marcadas por el P.C.

Con su decadencia, el vacio dejado por las consignas hueras no fue llenado con nada. Nos encontramos con una generaciones materialistas, nihilistas y cínicas. La disgregación de la URSS en 1991 trajo un periodo caótico. Las reformas emprendidas por M. Gorbachov, Secretario General del CC del PC, para modernizar el país, las conocidas y mil veces repetidas como una mantra milagrosa, perestroika (reforma) y glasnost (transparencia) sumieron al que fue imperio soviético en un caos. El ejército se deshizo, la sociedad se fracturó, los nacionalismos violentos se  exacerbaron, el mercado se desabasteció, aparecieron mafias que se apoderaron de los grandes complejos industriales, toda ley desapareció. Mientras en extranjero se aclamaba cínicamente a Gorbachov – al fin y a la postre él solito se había cargado a la temida URSS – ésta desaparecía. Un demagogo, Boris Yeltsin,  tomo el poder en Rusia, desgajada ya de la extinta URSS, que siguió yendo de fracaso en fracaso. Rusia pasó a ser un estado del tercer mundo, beneficiario de ayudas internacionales; incluso becas para sus profesores y estudiantes. La era Yeltsin estuvo marcada por la corrupción generalizada, el colapso económico y enormes problemas sociales y políticos. En 1999 abandonó su cargo de Presidente de Rusia (con un 2% de popularidad) y asumió el poder Vladimir Putin, aparentemente salido de la nada pero que había tenido una meteórica carrera.


Teniente coronel del KGB, fue nombrado por Yeltsin director de la FSB, sucesora de éste, y posteriormente vicepresidente de Rusia. De Putin puede decirse que es el nuevo zar ruso: sin escrúpulos (como buen aparatchiki del KGB) con mano dura fue rehaciendo el poder ruso, eliminando tanto a los mafiosos que se habían apoderado de la economía como a la oposición, usando siempre para esto medios “democráticos” hábilmente manipulados y actuaciones típicas de la vieja escuela para según que casos.  Sin ahondar en detalles puede decirse que Putin es ahora, sin oposición, el verdadero dueño de Rusia. Gracias a él, y ante la sorpresa de la ignorante clase dirigente europea y norteamericana, Rusia vuelve a ser una potencia mundial, bajo la égida de un nuevo “zar” que se asemeja a sus antecesores. Diríase de él lo que Tito Livio de los cartagineses: “ … nihil veritas, nihil sancti, nullus Deus metus, nullum iusiurandum, nulla religio…” … ni verdad, ni honestidad, ni temor de Dios, ni honor a los juramentos, ni conciencia…” se hallan en él. No es mejor que muchos de sus coetáneos occidentales, pero si más eficaz, ya que no se halla trabado por el entramado político ni de intereses espúreos.


A occidente le ha dado por apostar por Ucrania en el conflicto con Rusia. Putin quiere ir recomponiendo el imperio soviético, poco a poco, sin prisas pero sin pausas como se suele decir. Primero aliándose con Bielorrusia que mantiene una dictadura muy semejante al antiguo régimen, luego apoderándose de Crimea y recuperando la otrora poderosa flota soviética del mar Negro – que había sido repartida fifty-fifty entre la débil Rusia y Ucrania- sin disparar un tiro. Dueño de Crimea, se saca de la manga las milicias prorrusas de Ucrania occidental, soldados del ejército ruso bien formados y  pertrechadas. La UE y los USA inician una campaña de sanciones prácticamente sin ningún motivo, puesto que a nadie le interesa Ucrania a no ser - y esto es importante - que sea lo mismo que a Rusia: arrimar el ascua a su sardina, controlar un país que es un colchón entre Rusia y Europa. 
La inclusión de Ucrania en la UE y subsiguientemente en la OTAN sería tener a Rusia cogida por su flanco sudoccidental. Rusia jamás va a consentir tal cosa, sobre todo por que tiene medios suficientes para acogotar a Europa occidental. Ya se ha visto con el embargo a los productos de la UE – díganselo a nuestros agricultores, por ejemplo – y  en llegando el “general invierno” con la mano puesta en el grifo del gas natural que abastece a toda Europa (Menos a España que lo importa de Argelia). La oposición de occidente a las pretensiones de Rusia es cuanto menos tonta e ignorante y, desde luego, Kiev “no” vale una misa. 

En resumen, con estudiar un poco de historia política y un poco de geopolítica y geoestrategia, nuestros flamantes dirigente de la Comisión Europea y del Parlamento de Estrasburgo ganarían un poco más. Y para los legos como nosotros, sólo es necesario echar un vistazo a un mapa de aquella región en un atlas medianamente pasable. Y se observara otro estado de la ex URSS que dará que hablar a medio plazo: Moldavia y la república del Transnieper, formada de facto que no de iure por los rusos de aquel país.

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