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martes, 1 de abril de 2014

LIBANO: POR QUÉ VOLVER A INTENTAR LA IDENTIDAD LIBANESA (© Oasis)

Para aguantar el golpe de los acontecimientos que están sacudiendo Oriente Medio, Líbano está llamado a reformar sus instituciones, abandonando la lógica confesional sobre la que estas se fundan y reconsiderando el pacto de convivencia entre las distintas comunidades que lo componen. 

Salim Daccache | martes, 01 de abril de 2014
Los últimos acontecimientos en la escena libanesa (enorme dificultad a la hora de formar el nuevo gobierno, problemas de los refugiados sirios, crisis social y económica cada vez más graves, inseguridad endémica, fractura entre musulmanes sunitas y chiitas, fuerte implicación de Hezbollá en Siria) no son un hecho accidental, sino que dependen de la crisis interminable del sistema político confesional.Muestran con su incidencia que los libaneses deben encontrar lo antes posible una salida a una crisis política, producida por la combinación de dos factores: un sistema en el que prevalece una lógica confesional entre las distintas comunidades libanesas, que son presa de políticos de toda proveniencia con la complicidad de algunos dignatarios religiosos, y las peticiones explícitas de intervención dirigidas a fuerzas externas generalmente antagonistas, lo cual no hace más que exacerbar los contrastes y las acusaciones mutuas entre las partes libanesas.

La única ancla de salvación es volver a inventar la identidad libanesa, o mejor la famosa “libanesidad”, un concepto acuñado por Choukri Ghanem, célebre literato de comienzos del siglo XX (1861-1930). Hoy, esa identidad no es sino “un Arca de Noé” fuera de la cual los libaneses probablemente se verían arrollados por el diluvio que azota la región y comienza a dejar huellas tanto en el futuro de las almas como en el conjunto de las relaciones sociales.
Sin embargo, la adhesión a Líbano y la integración de la identidad libanesa dentro de cada comunidad exige un cambio de rumbo por parte de todas las fuerzas políticas existentes. Es preciso que los componentes del 8 de marzo, en particular los partidos chiítas, acepten ser integrados al Estado y confíen en las fuerzas de seguridad, que en los últimos tiempos han logrado puntos decisivos, formulando una posición clara respecto al futuro de sus grupos militares y sus peticiones políticas. A este nivel es necesaria la voluntad política de negociar en buena fe. No se puede repetir el ejemplo de la declaración de Baabda, que publicaron el 11 de junio de 2012 los participantes en la mesa de diálogo entre libaneses y sentó las bases para un nuevo entendimiento político y una hoja de ruta compartida, pero una vez obtenido el apoyo de todos fue renegada.

Es inevitable, pues, que el 14 de marzo, especialmente sus componentes sunitas, acepte una reforma profunda de las instituciones del Estado, que incluya asimismo una reconfiguración más racional del poder, más allá de los Acuerdos de Taef, superando así el modelo que se ha aplicado bajo la tutela siria y que hacía del sistema político libanés un simple rehén en manos de un gran hermano o una gran hermana. Ya no basta con proclamar la obligación de adhesión y pertenencia al Estado, es preciso presentar la visión de un Estado capaz de funcionar y realizar los intereses de los libaneses.

Los cristianos están llamados a dar un “contenido abierto al futuro y de vanguardia” a sus decisiones históricas, porque no pueden dormirse en los laureles haciendo valer el mérito de haber fundado el Líbano moderno. El inquebrantable apego de los cristianos a Líbano, patria del presente, deberá traducirse en la elaboración de un proyecto para el futuro. Este último deberá girar en torno a una elección lúcida y valiente sobre el fundamento de la legitimidad del poder, que supere el apego a toda costa a la división confesional del poder y opte por la ciudadanía consensual, que está en el centro de las reivindicaciones de las revoluciones árabes, a pesar de las derivas más infelices. La firme voluntad de los cristianos, con todos y contra todo, de fundar el poder únicamente sobre la adhesión de todos a un conjunto de valores sociales y políticos compartidos hará de su elección un desafío para todos.

Los cristianos, pese a las regresiones, han logrado encarnar el principio de un poder basado en el consenso y seguir proponiéndolo a todos sus conciudadanos, se trata de una elección que durante mucho tiempo ha debido oponerse a la opción del poder minoritario y totalitario: sonidos estridentes de sirenas que han ensordecido largamente nuestra región, en nombre de causas en las cuales lo ficticio y lo legítimo se confunden.
El drama sirio es la prueba trágica de los peligros que conlleva esa elección y de sus horizontes siniestros. Las implicaciones del suplicio sirio para Líbano y en Líbano deben impulsar a las fuerzas políticas a reconsiderar sus decisiones. La implicación de los libaneses en Siria no puede menos que ser obra del Estado y, por tanto, no puede ser parcial. Se debe centrar en la mediación y, por consiguiente, exhortar a la reconciliación y a mejorar las condiciones del Estado vecino.

Las fuerzas políticas deberían abandonar la quimera de una victoria de uno de los dos campos de la guerra civil siria, basada en la idea de que esa victoria podría constituir un recurso que hacer valer en nuestro juego político interno. Independientemente del impacto que podría tener la intervención de un grupo de libaneses en esta masacre, es mejor que los sirios recuerden, tanto en el futuro próximo como en el futuro lejano, que sus vecinos actuaron sólo para ahorrarles ese espantoso descenso a los infiernos. Líbano tiene todo el interés en actuar de este modo a fin de que disminuya el peso de los refugiados sirios en su territorio y para ayudarles a regresar lo antes posible a sus ciudades y pueblos. ¿En qué se convertiría Líbano si la oleada de refugiados sirios se asentase establemente en Líbano, cuando Líbano nunca ha logrado hacerse cargo de la presencia de los refugiados palestinos?
Líbano tiene una misión histórica a la que debe permanecer fiel: ser un país portador de los valores de convivencia, respeto de la diversidad, y de los derechos de cada persona y comunidad. Es importante ayudar a los libaneses a allanar el camino que deberán atravesar y llevará a las instituciones del Estado de la fase confesional en la que se encuentran a la meta de un Estado de derecho moderno.
Se trata de un recorrido complejo, que conlleva una dimensión educativa segura y que tiene un aspecto social, al nivel de la evolución de las costumbres y del comportamiento político, especialmente en las jóvenes generaciones. Será preciso asegurar que las comunidades libanesas, sin excepciones, gocen de las garantías políticas y constitucionales relativas a sus derechos y a su futuro.
Líbano, una vez más, ¡sí! Porque su papel es más determinante que nunca para la región y para la necesidad de salir de la guerra y la violencia. Para esto, deberá dar un paso hacia una nueva primavera.

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