LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

martes, 1 de enero de 2013

¿Y si con el comunismo estábamos mejor?


Bastantes ex alumnos míos, mucho más jóvenes que yo, por supuesto, y que no conocieron la Unión Soviética ni su caída en 1990 - eran como mucho unos adolescentes - me preguntan cómo ocurrió aquello que yo tuve el desgraciado privilegio de vivir in situ. Voy a comenzar por algunos artículos importantes, entre ellos éste, ya antiguo. Puedo comenzar a ser ya un tanto esclarecedor.
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¿Y si con el comunismo estábamos mejor? 

Una encuesta revela que el 85 % de los rusos lamentan el fin de la Unión Soviética

Seumas Milne.
(The Guardian, 4 de septiembre de 2001)

El 85 por ciento de los rusos lamentan el fin de la Unión Soviética. El resultado
de una encuesta basta para pintar de cuerpo entero lo que quedó de aquel gigante diez
años después de su disolución. Durante toda la pasada década, se consideró un acto de
fe en Occidente la creencia de que la implosión de la Unión Soviética representaba una
liberación para su pueblo y una bendición para el resto del mundo. De un solo golpe, el
Imperio del Mal había sido milagrosamente barrido y quedaba el terreno preparado
para un gran salto hacia la libertad, la paz y la prosperidad. Hubo regocijo en todo el
espectro político, desde los conservadores del libre mercado hasta la extrema
izquierda.

La amenaza nuclear había desaparecido y se había inaugurado un nuevo orden
mundial con un gobierno democrático global. La historia había llegado a su fin y las
masas sufrientes de Europa Oriental podrían finalmente liberarse del yugo comunista
para gozar del capitalismo liberal (o genuino socialismo, en la versión izquierdista),
que iba a ser la felicidad de la humanidad. Este fin de semana se cumplen 10 años del
golpe operístico que precipitó la caída de Mijail Gorbachov, la proscripción del Partido
Comunista soviético y la disolución de la URSS. A medida que el polvo y los
escombros desaparecieron de los convulsionados hechos de 1989-91, la verdadera
naturaleza de lo que provocaron se puso en foco. A pesar de toda la acción que ocurría
en las calles, los cambios fueron manejados mayormente por secciones de la
nomenklatura que se dieron cuenta de que el viejo sistema estaba en crisis y que vieron
la oportunidad de enriquecerse. Lejos de abrir el camino a la emancipación, estos
cambios llevaron a la miseria a la mayoría de los ciudadanos, introduciendo la caída
económica más catastrófica de un país industrial en tiempo de paz en la historia. Bajo
la bandera de la reforma y con la guía de la terapia de shock recetada por
Norteamérica, la perestroika se convirtió en catastroika. La restauración capitalista
aportó al comienzo una pauperización y desempleo masivo, salvajes extremos de
desigualdad, crimen desenfrenado, violencia étnica y antisemitismo virulento, y todo
eso combinado con gangsterismo legalizado en escala heroica y el saqueo de los bienes
públicos.

La escala del desastre social que sumergió a la ex Unión Soviética y gran parte
de Europa occidental en los últimos 10 años, a menudo es subestimada en el exterior y
aún por los visitantes a Moscú y otras ciudades relativamente prósperas del ex bloque
soviético. Algunos de los hechos más asombrosos están expuestos en el libro Cruzada
fallida, del profesor estadounidense de estudios rusos Stephen Cohen, una acusación
salvaje a la ceguera de Occidente por lo que infligió sobre el mundo comunista. Para
fines de la década de 1990, el PBI ruso había caído en más del 50 por ciento (debe
compararse con la caída del 27 por ciento en la producción durante la gran depresión
norteamericana), las inversiones en 80 por ciento, los salarios reales divididos por la
mitad y la carne y los lácteos con aumentos del 75 por ciento. Cohen sostiene que la
degradación de la agricultura es, en algunos aspectos, aún peor que durante la
colectivización forzada del campo de Stalin en la década de 1930. El número de gente
que vive por debajo de la línea de pobreza en las ex repúblicas soviéticas aumentó de
14 millones en 1989 a 147 millones aún antes del crash financiero de 1998. El
experimento de mercado produjo más huérfanos que los más de 20 millones de
muertos en la guerra de Rusia, y mientras las epidemias de cólera y tifus han resurgido,
millones de niños sufren de malnutrición y la expectativa de vida adulta se redujo.
Mientras se desarrolla esta tragedia humana, los políticos occidentales y los banqueros
acosaron a los líderes de Rusia para que sigan adelante más enérgicamente con la
"reforma" y las privatizaciones: en muchas áreas, una transición a la edad premoderna.
Recién con el aumento de los precios del petróleo, la devaluación del rublo y la
misericordiosa ida de Boris Yeltsin, comenzó a revertirse la caída económica. Y en
Europa Oriental, sólo las estrellas como Polonia han logrado volver a los niveles de
producción logrados antes de 1989 y aúnasi, con el costo de millones de
desempleados, pobreza y regresión social. Algunos que han defendido el salto de una
economía centralizada de propiedad pública al capitalismo del barón ladrón de la Rusia
de hoy, sin duda se consolarán con el pensamiento de que estas siniestras cifras
exageran el costo del cambio e ignoran la mayor libertad, las estructuras democráticas
y la mejor calidad de bienes que hay ahora disponibles. Pero esas libertades y
elecciones competitivas, muy circunscriptas como lo son, son en gran parte el fruto de
la era Gorbachov y son anteriores a la caída soviética, mientras que para la mayoría de
los rusos y otros ex ciudadanos soviéticos, el más amplio espectro de bienes están
fuera de su alcance por los precios. Es por eso que gente que vivía en condiciones de
pleno empleo, con costos bajos para alquileres y transporte y tenía acceso a la salud
básica y la provisión social, mayormente dice a las encuestas de opinión que ahora
están peor que bajo el régimen comunista. No es sorprendente bajo estas circunstancias
que el 85 por ciento de los rusos lamenten la disolución de la Unión Soviética.
Tampoco es sorprendente que Leonid Brezhnev, líder soviético en la década de 1970,
conocida como la era de la paralización, pero también un período en que los niveles de
vida subían, fuera elegido como el político más sobresaliente del siglo XX.

Los rusos han visto a su país reducido de una superpotencia a un tacho de
basura nuclear en una década y el odio a Occidente ha crecido a medida que se veía su
rol en ese proceso. Para el resto del mundo, el impacto de la abdicación soviética hace
una década no ha sido menos profunda. La remoción del único estado que podía
desafiar el poder de las armas de Estados Unidos, aunque se desangrara haciéndolo,
achicó drásticamente el espacio de maniobra para todos los demás. El fin de la
confrontación nuclear y estratégica bajo Gorbachov le permitió a estados como Gran
Bretaña recortar los gastos militares, pero también creó las condiciones para el
ilimitado poder de Estados Unidos en un mundo unipolar, mientras surgían amenazas
nucleares potencialmente más volátiles. Es difícil imaginar la Guerra del Golfo de 1991
y el subsecuente estrangulamiento de Irak o el desmembramiento y las guerras étnicas
internas de Yugoslavia, para no hablar del apuro actual de Bush por el unilateralismo,
si la Unión Soviética no hubiera estado de rodillas o extinta.

Para los países en desarrollo, en especial, la destrucción de la segunda
superpotencia, que había defendido el movimiento anticolonialista y más tarde las
causas del Tercer Mundo, cerró el espectro para que se formaran diferentes alianzas y
fuentes de asistencia y aumentó agudamente su dependencia de Occidente. A través del
mundo, la remoción del desafío ideológico representado por la Unión Soviética
debilitó drásticamente el movimiento laborista y la izquierda, y hasta la confianza en las
ideas políticas de todo tipo, algo que recién ahora está comenzando a cambiar. Quizás
sea muy pronto, como dijo el líder comunista chino Chou En Lai de la Revolución
Francesa, para hacer una evaluación considerada de los 70 años del poder soviético:
sus logros, fracasos y crímenes, su legado a las políticas progresistas y la búsqueda de
un modelo social alternativo.

La particular forma de sociedad que creó nunca será repetida, ni tampoco las
condiciones que la hicieron emerger. Pero los efectos de su destrucción estarán con
nosotros durante las décadas por venir.

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