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sábado, 26 de enero de 2013

ERAN OASIS DE PAZ, pero hoy son los lugares más peligrosos del mundo

QUETTA, AYER Y HOY

por Riccardo Redaelli



Es solamente el último anillo de una espantosa cadena de violencia. Es cierto que, mientras escribo, otros cristianos ya habrán sido muertos en alguna parte del mundo, según las terribles estadísticas de las víctimas del odio religioso. Pero me produce escozor el lugar en el que ha sido asesinada días atrás una joven cristiana pakistaní: Quetta, la capital del Beluchistán. 

Ciudad pakistaní casi desconocida, próxima a la frontera con Afganistán. Quetta ha alcanzado en estos años una triste notoriedad, porque hospedó desde hace tiempo al Mullah Omar, el jefe histórico de los talibanes. Una ciudad ahora casi inaccesible para los occidentales. 
 
Sin embargo, hasta una docena de años atrás Quetta era una de las ciudades más acogedoras de Pakistán. Recuerdo las largas estadías que transcurrí allí a lo largo de toda una década, como huésped de un convento de las Hermanas de San José. La verja de hierro estaba muchas veces cerrada, pero solamente para evitar que los niños de la escuela corriesen hacia la calle.

En realidad podía entrar cualquiera. Una vieja hermana recibía con rostro adusto a los que se retrasaban, hombres que llegaban tarde a causa del tráfico, que se hacían pequeños mientras eran retados por haber llevado a sus hijos tarde a la escuela.

Del otro lado de la calle, más allá de la hilera de pinos, estaba la gran escuela media, ambicionada por todas las familias de Quetta. Un poco más lejos estaba la iglesia. Son islas del cristianismo en el mar del Islam, que viven con tranquilidad, sin protección, guardias o amenazas. 

Todos los días, una multitud de pakistaníes gritaba y vociferaba frente a las puertas del convento, pero era solamente el tráfico anárquico de los padres que llegaban para recoger a sus hijos de esas escuelas tan estimadas.

Recuerdo a un coronel de las Fuerzas Armadas que quería inscribir a toda costa a su hija, aún cuando ya no había más lugar. Puso sobre el escritorio de la madre superiora una ingente suma de dinero, y ella lo rechazó. Él tomó el dinero y dijo: “Su gesto es el motivo por el cual me hija debe estudiar con ustedes a toda costa".

¿Y cuántas eran las madres – no importa si eran musulmanas o cristianas – que pedían con discreción y recibían una ayuda de las religiosas de Quetta? ¿Cuántos eran los padres que decían avergonzados que no podían pagar, y suspirando, las hermanas trazaban una línea sobre su cuota mensual?

Hace décadas, la primera madre superiora, al estar la escuela al borde de la bancarrota, fue en bicicleta hacia la suntuosa residencia del gobernador. “He pedido ayuda a Dios, pero mientras espero la ayuda de Él, no me desagradaría recibir la suya, gobernador”. Y él pagó, porque esas escuelas – dijo – eran el orgullo de la ciudad.

Eran los años en los que se podía pasar la noche en la azotea del convento para conversar y observar las estrellas, tan nítidas y brillantes. Hoy probablemente seríamos considerados como terroristas por los soldados que patrullan. 

Ese mundo lucha desde hace años, con creciente cansancio, para mantenerse fiel a su historia de comunidad abierta. Muchos religiosos occidentales han sido repatriados. Bloques de cemento y calles patrulladas señalan con frecuencia en Pakistán la presencia de iglesias y escuelas cristianas.

A la violencia criminal de los fanáticos se asocia la ambigüedad mezquina y cobarde de casi todas las fuerzas políticas y del gobierno de Islamabad. Toda la comunidad es rehén de estas violencias. El cemento que debería protegerla parece la metáfora de una forzada separación de un país que está recorriendo el camino equivocado del odio sectario y de la autodestrucción.

Prisioneros por delitos no cometidos, como Asia Bibi, en la cárcel desde el año 2009 y condenada a muerte por blasfemia, que se ha convertido, a pesar suyo, en el símbolo de los dolores de su comunidad. O como Younis Masih, en la cárcel desde hace siete años, también él acusado por blasfemia. 

Al caminar una tarde por las calles de Quetta, un joven holandés que se ocupaba de uno de los campos de refugiados asentado en las inmediaciones, me dijo: “¿no cree usted que este lugar es bellísimo?”.

Respondí que sí. Pero hoy pienso que no, no lo es más, y no por culpa nuestra.

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