LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

martes, 4 de diciembre de 2012

EL MÁS ALLÁ DESDE ACÁ o VELIS NOLIS.


Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando.



Jorge Manrique, “Coplas a la muerte de mi padre” 


Encontreme hace unos días a un antiguo estudiante norteamericano (ahora profesor de literatura hispánica en una prestigiosa universidad canadiense) con el que había hecho amistad cuando su curso estuvo en Valencia en un programa de esos de intercambio. Nos metimos a hablar de temas de sanidad, comparando los Estados Unidos con España, etc. y la conversación derivó hacía los últimos momentos, o sea la muerte (“mi más leal compañera”, como dice una canción del Tercio). Recordamos ambos el día que estuvimos todo su curso en la Cripta de los Reyes del Monasterio del Escorial: no vi caras más serías e impresionadas – yo día que atemorizadas- cuando las chicas y chicos se vieron rodeados (nunca mejor empleada la expresión, puesto que la cripta es circular) de los tumbas de los reyes de España. Esta impresión llegó al asombro más sombrío cuando les enseñé los sepulcros reservados a nuestros Reyes; la desbandada escaleras arriba se produjo cuando señalé la puerta del pudridero donde reposan años los reales restos hasta pasar a la cripta. Por supuesto se negaron en redondo a entrar en el mausoleo de los príncipes e infantes, lo que fue una pena dadas las obras magistrales de arquitectura y escultura funeraria que se hallan allí. 


Mi ex estudiante se acordaba muy de aquella visita y yo pensé que, con el tiempo, lo recordaría como una anécdota graciosa; pues no, seguía recordándolo seriamente. Y es que no he visto un pueblo más espantable ante la Inevitable que el norteamericano, al menos los WAP (White, Anglo-Saxon, Protestant). Maquillan a sus muertos de arriba abajo para que no se note - ¿o no se sepa, diríase? – que se han ido a un barrio del que, sin ser el Bronx negro, ya no se vuelve; les hacen un funeral donde todo quisque habla no sólo bien del fallecido, sino como si aún estuviera ahí, y se les entierra en esos parques verdes donde todas las lápidas se alinean candorosas como en una danza de doncellas, que diría mi admirado Gregorio Gómez de la Serna. En fin, detestan tanto la muerte que extraña como la toleran todavía, un pueblo caracterizado para quitarse de en medio todo lo que le estorba (díganlo hispanos y negros, moros y árabes, persas e hindúes, occidentales y rusos y varios de sus presidentes). 


La incultura de ese pueblo – con pocas excepciones – es proverbial. Lo que nos da pie a filosofar un poco. Cualquiera de nosotros está sujeto a la contingencia de un mundo cuadridimensional: las tres dimensiones que se palpan – ancho, alto y largo – y otras dos, el tiempo que transcurre o por el que transcurrimos y el espacio donde nos movemos. La muerte, claro está, es la que depende de la dimensión temporal; pero ocurre que nos creemos que a lo largo del tiempo hay un pasado, un presente y un futuro. Error. Fijémonos: en este momento presente estoy escribiendo pero; ya es pasado puesto que ahora estoy escribiendo otra cosa – que ya ha pasado, por cierto - y no es futuro porque no sé lo que voy a escribir y como ahora ya lo he escrito, pues es pasado y ni siquiera ha sido presente. ¿Está claro, no? como decía Stalin; ¿no? Pues eso. Resumiendo: el pasado fue uno y sabemos cómo fue; el presente está ocurriendo ahora y, como no seamos tontos de capirote, sentimos como es; pero el futuro es otra cosa: hay infinitos futuros posibles puesto que mañana – por darnos un plazo – cualquier cosa puede ocurrir, sea como sea, y basta con recordar el efecto mariposa. Y ese número de futuros posibles es infinito como la sucesión de los números. Pero al mismo tiempo es una paradoja por que el final de todos los futuros infinitamente posibles es único: la muerte. Es como si la sucesión infinita de números diera al mismo tiempo un resultado matemático. O sea, para el pueblo llano: si hay algo a lo que todos hemos de llegar y todos han llegado, con efecto mariposa o sin él, es la muerte. 


¿Por qué entonces ese temor, ese enmascaramiento, esos rejuvenecimientos, ante algo inexorable? Vale que se tenga miedo al dolor que se puede sentir antes por una enfermedad; vale la tristeza por dejar a tus seres queridos, mas ¿por el hecho en sí? Para un ateo no es más que dejar de existir, luego cuando se acabe se acabó; no hay más que materia que se pudre. En esa tesitura puedes tener varios privilegios: elegir el cómo, cuándo y dónde, y pasar los últimos días dándote la vida padre y madre, dejando deudas a montones, pasando por decenas de mesas y de camas, y todo lo que se ocurra a uno antes del encefalograma plano. Para un creyente la muerte es un paso a otro mundo distinto y distante; se supone que seremos conscientes en ese estado ultra-tumba (más allá de la tumba); se suele creer que ha de haber o ser algo mejor, porque cualquier cosa ha de ser mejor que este perro mundo… Pero eso al creyente le trae una terrible duda, por otra parte difícil de resolver: más allá… ¿igual para todos? Mmmm… Como que no parece muy justo. ¿Un premio y un castigo? Suena a colegio de críos. Sí pero, alguna diferencia debe haber entre la madre Teresa de Calcuta y Stalin; entre Bush y Bush y Martin Luther King; entre Gandhi y Hitler; entre el zapatero de mi esquina que se ha muerto después de trabajar como un cabrón cuarenta años, con una pensión de mierda y haber sacado adelante tres hijos y el presidente del consejo de administración del Banco de Santander, los Botín, los Albertos, y el catolicísimo del de la Rosa. No es que tenga información privilegiada, pero sé que mi zapatero – no el otro con Z mayúscula - que era ateo y blasfemaba como un carretero, está ahora la mar de bien tomándose una caipiriña en una playa del más allá, con una ángela que quita el hipo. 


Así pues ¿a qué ese entrecejo? Todos llegaremos por paradójico que sea: a unos les va a parecer que ya’stá y listo; a otros que qué les va a tocar. Si es muy sencillo: si has sido un cabrón de misa o sinagoga diaria u oración cinco veces al día o inciensos y banderitas, pues yo no me esperaría nada bueno a no ser que cambies el rumbo 360º y corrijas todas las putadas que has hecho, lo que no suele pasar, si lo sabremos todos… Si has trabajado como una bestia, has ayudado a quién y lo que has podido, no te ha llegado el parné en toda tu puñetera vida ni para cocido; pero has sido honrado; aunque seas ateo y blasfemo de los que enrojecerían a un sargento de la legión, se me hace que te vas a encontrar con algo mejor… No sé si la caipiriña y la ángela; pero si un buen atracón de marisco en las rías gallegas de allá. 


En tiempo de mis abuelos todo el mundo esperaba su turno tranquilo; el ateo dándole la última patada al cura, como manda Dios – después de hacer la primera y última confesión de su vida, sólo por si las moscas; el creyente con su confianza en su dios, dioses o lo que hubiera por allá. El architetramuchimillonario con su talonario pretendiendo pagar la entrada de primera fila a cualquier precio y así. 


Ahora que el mundo es una cagarruta – con perdón – todos temen morirse. Me acuerdo de un chiste de la inefable Mafalda, “¡Que paren el mundo, que quiero bajarme!” ¡Pero si te van a parar el tranvía y te van a dejar bajar aunque no hayas pagado la hipoteca, ni a la financiera, ni a hacienda! ¡De qué coño nos quejamos! Venga, a esperar que pare y bajémonos tan tranquilos, que no pasa na. 


A los realojados en el Panteón de El Escorial les pasó lo mismo, ya ven.

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