LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

viernes, 27 de julio de 2012

Cristianos y “cristianistas”


La civilización de la Europa cristiana fue construida por gente cuyo objetivo no era construir una “civilización cristiana”. Se la debemos a personas que creían en Cristo, no a personas que creían en el cristianismo. Entrevista a Rémi Brague.


por Gianni Valente

A Rémi Brague, profesor de filosofía árabe en la Sorbona y también en la Universidad Ludwig-Maximilian de Munich, siempre le ha gustado usar las palabras con fantasía. Quizá no pensaba que uno de sus geniales neologismos, escondido en la páginas de un libro escrito hace 12 años, pudiera fotografiar con apabullante eficacia los términos de la relación entre fe cristiana y civilización occidental tan debatidos hoy incluso en la Iglesia.
Brague escribió el volumen Europe. La voie romaine
–un clásico traducido a quince idiomas– en 1992 para documentar con un punto de vista original y moderno la contribución de Roma y de la “romanidad” al florecimiento de la civilización europea. En esas páginas, casi como dejándolo caer, el profesor introdujo la distinción que media entre cristianos y “cristianistas”.

Profesor, empecemos por aquí. Usted define a los cristianos como aquellos que creen en Cristo. Los “cristianistas”, en cambio, son aquellos que exaltan y defienden el cristianismo, la civilización cristiana…

RÉMI BRAGUE: La palabra “cristianista” quizá no es muy bonita, pero no me disgusta haberla propuesto. Sobre todo porque es divertida. Y también porque hace que las personas reflexionen sobre lo que de verdad quieren. Los que defienden el valor del cristianismo y su papel positivo en la historia me caen desde luego mejor que los que lo niegan. No pretendo por supuesto desanimarles. Me gustaría incluso que fueran más numerosos en Francia. Y esto no porque sean “aliados objetivos”, sino solamente porque lo que dicen es verdad. Por tanto, gracias a los “cristianistas”. Solamente deseo recordarles que el cristianismo no se interesa por sí mismo. Se interesa por Cristo. Y tampoco Cristo se interesa por sí mismo; él se interesa por Dios, a quien llama de una modo único «Padre». Y se interesa por el hombre al que le propone un modo nuevo de llegar a Dios.

 

En ciertas valoraciones del cristianismo de tipo ideológico-cultural parece aflorar el planteamiento que se manifestó cuando la Action française.  

 BRAGUE: La Action française, después de la Primera Guerra Mundial, pudo atraer a cristianos auténticos e inteligentes, como Bernanos, por ejemplo. Pero la inspiración última del movimiento era puramente nacionalista. Francia había sido plasmada por la Iglesia. Por eso se declaraban católicos, porque querían ser franceses al cien por cien. Su principal pensador, Charles Maurras, era un discípulo de Auguste Comte; admiraba la claridad griega y el orden romano. Se declaraba ateo, pero católico. Para él la Iglesia era una garantía contra el «veneno judío del Evangelio». En el fondo, era una idolatría, en su aspecto peor: poner a Dios al servicio del culto de uno mismo; se trate del individuo o de la nación, la substancia no cambia. Y a los ídolos siempre hay que sacrificarles algo que tenga vida, como la juventud europea aniquilada en Verdún o en otras batallas.

¿Cuál es la imagen de Iglesia que les gusta a los que le reprochan a la Iglesia debilidad a la hora de defender ciertos contenidos de verdad?

BRAGUE: Para esta gente, la Iglesia debe “defender ciertos valores”, y no transigir sobre las reglas morales. Pero, ¿siguen ellos esas reglas? No siempre… Lo que quieren es una organización con una línea firme y un “número uno” bien definido. Me pregunto si no es que sueñan con una Iglesia hecha con el molde del Partido comunista de la Unión Soviética.

Ser “secundarios” significa saber que lo que se transmite no procede de uno mismo, y que se posee sólo de modo frágil y provisional. Esto comporta también saber que ninguna construcción histórica es definitiva, siempre hay que revisarla, corregirla, reformarla. 

Se discute mucho de las raíces cristianas de Europa y en general de la civilización occidental. ¿Qué piensa de su lectura de esta relación?



BRAGUE: El cristianismo no tiene nada de occidental. Vino de Oriente. Nuestros antepasados se hicieron cristianos. Se convirtieron a una religión que al principio era extranjera para ellos. ¿Las raíces? Qué imagen tan extraña… ¿Por qué considerarnos una planta? En el argot francés “plantarse” quiere decir equivocarse, o cometer un error… Si queremos tener raíces a toda costa, entonces digamos con Platón: somos árboles plantados al contrario, nuestras raíces no están en la tierra, sino en el cielo. Estamos arraigados en lo que, como el cielo, no puede aferrarse, escapa a toda posesión. No pueden plantarse banderas en una nube. Y además somos animales movibles. El cristianismo no está reservado para los europeos. Es misionero. Cree que todos los hombres tienen derecho a conocer el mensaje cristiano, que todos los hombres merecen ser cristianos.
 
Con sus estudios y sus libros ha descrito usted la relación innegable entre el cristianismo y la civilización europea. ¿Cómo ocurrió realmente?
 
BRAGUE: La civilización Europea cristiana fue construida por gente cuyo fin no era construir una “civilización cristiana”. Esta se la debemos a personas que creían en Cristo, no a personas que creían en el cristianismo. Piense en el papa Gregorio Magno. Lo que él creó –el canto gregoriano– ha desafiado el tiempo. Pues bien, él pensaba que el fin del mundo era inminente. Así que no iba a haber ninguna “civilización cristiana” por falta de tiempo. Lo que él quería era poner un poco de orden en el mundo antes de dejarlo. Como cuando se ordena la casa antes de salir de vacaciones. Cristo no vino para construir una civilización, sino para salvar a los hombres de toda las civilizaciones. Lo que llamamos “civilización cristiana” no es nada más que el conjunto de los efectos colaterales que la fe en Cristo ha producido sobre las civilizaciones que se encontraban en su camino. Cuando se cree en su resurrección, y en la posibilidad de la resurrección de cada hombre en Él, se ve todo de manera diferente y se actúa en consecuencia, en todos los campos. Pero se requiere mucho tiempo para darse cuenta de ello y realizarlo realmente. Por eso, quizá, estamos sólo al comienzo del cristianismo.

Para describir el camino de la civilización europea ha usado usted una fórmula original, la de la “secundariedad”. ¿Que quiere sugerir con esta expresión?
 
BRAGUE: Quizá no sea una buena expresión, pero no he encontrado otra mejor. En mi libro Europe. La voie romaine la completo con otras fórmulas, como la de la “cultura de inserción”, que se opone a las “culturas de digestión”. Quiero decir que el Nuevo Testamento viene después del Antiguo Testamento, y lo romanos después de los griegos. No sólo respecto al tiempo, sino también en el sentido de que los que venían después percibían su dependencia de lo que les había precedido y constituía su modelo. Los romanos hicieron cosas buenas y cosas malas, como todas las civilizaciones. Pero hay que reconocerles el mérito de que se consideraron culturalmente inferiores a los griegos y comprendieron que su papel histórico era difundir una cultura que no era la suya. Ser “secundarios” significa saber que lo que se transmite no procede de uno mismo, y que se posee sólo de modo frágil y provisional. Esto comporta también saber que ninguna construcción histórica es definitiva, siempre hay que revisarla, corregirla, reformarla.
Cristo no vino para construir una civilización, sino para salvar a los hombres de toda las civilizaciones. Lo que llamamos “civilización cristiana” no es nada más que el conjunto de los efectos colaterales que la fe en Cristo ha producido sobre las civilizaciones que se encontraban en su camino. Cuando se cree en su resurrección, y en la posibilidad de la resurrección de cada hombre en Él, se ve todo de manera diferente y se actúa en consecuencia, en todos los campos.


 Algunos denuncian el “estilo de vida obsceno” de Occidente, y proponen las verdades cristianas como antídoto contra las enfermedades del nihilismo y el relativismo, ¿Qué piensa de estos razonamientos?
 
 BRAGUE: Que en parte son verdad. Si fueran totalmente falsos, nadie los tomaría en consideración. Es verdad que estamos enfermos. Y los síntomas más alarmantes podemos llamarlos “relativismo” y “nihilismo”. Claro que también tienen su lado bueno: hacen que sea imposible la intolerancia. No se puede ni morir ni matar en nombre de algo en lo que se cree sólo relativamente, o no se cree para nada. Lo malo es que el nihilismo no te deja vivir. Rousseau lo había entendido: el ateísmo no mata a los hombres, pero les impide nacer. Pero no hace falta el cristianismo para combatir al relativismo y el nihilismo. En el fondo, no es necesario combatirlos, se anulan por sí mismos, como una planta parásita que acaba por sofocar el árbol del que vive, siguiéndolo en la muerte. ¿Es el cristianismo el antídoto a estos venenos? Yo plantearía dos cuestiones. Una de principio, la otra puramente pragmática. 

Explíquese, por favor.  

BRAGUE: Ante todo, ¿hay derecho a convertir la fe en un instrumento? Me pregunto también si acaso es siempre justo hablar de cristianismo . Puede uno entender, erróneamente, que el sufijo indica una teoría, igual que otros “ismos”: liberalismo, marxismo, etcétera. Dice san Agustín en alguna parte que lo que hay de cristiano entre los cristianos es Cristo. Ser cristianos es estar en contacto con una persona. Ahora bien, no puede transformarse una persona en un instrumento.
Mi segunda pregunta es muy sencilla: si está permitido
utilizar la fe como instrumento, ¿es por ello factible? ¿Funciona así? Creo que sí. Pero no como ciertos fundamentalistas americanos, que miden los efectos positivos de la religión en relación a la productividad de los empresarios. Lo he escrito en mi libro: la fe produce efectos sólo cuando sigue siendo fe y no cálculo.
¿Hay derecho a convertir la fe en un instrumento? Me pregunto también si acaso es siempre justo hablar de cristianismo. Puede uno entender, erróneamente, que el sufijo indica una teoría, igual que otros “ismos”: liberalismo, marxismo, etcétera. Dice san Agustín en alguna parte que lo que hay de cristiano entre los cristianos es Cristo. Ser cristianos es estar en contacto con una persona. Ahora bien, no puede transformarse una persona en un instrumento. 

¿Que le ha llamado la atención del debate sobre las raíces cristianas de Europa?
 
BRAGUE: En el debate sobre la mención de las raíces cristianas de Europa, me gustaría no dar la razón ni a los “cristianistas” ni a sus adversarios. Empecemos por sus adversarios. Les diría: si se quiere hacer En el debate sobre la mención de las raíces cristianas de Europa, me gustaría no dar la razón ni a los “cristianistas” ni a sus adversarios. Empecemos por sus adversarios. Les diría: si se quiere hacer historia, hay que llamar a las cosas por su nombre y decir que las dos religiones que han marcado a Europa son el judaísmo y el cristianismo, no hay otras. ¿Por qué limitarse a hablar de herencia religiosa y humanista? Un profesor de historia no se conformaría con esta definición y escribiría con su lápiz rojo en el margen de la página: «¡Demasiado vago, puntualizar!». Lo que me molesta es el estado de ánimo que se manifiesta en esto, es decir, el impulso típicamente ideológico de negar la realidad y cambiar el pasado. Negar la realidad lleva necesariamente a destruirla. Al mismo tiempo, a los “cristianistas” les diría: no porque el pasado fue lo que fue el porvenir se le debe obligatoriamente parecer. La pregunta que debemos hacernos es si nuestra civilización tiene aún el deseo de vivir y actuar. Y si, en vez de rodearla a toda costa de barreras, no sería mejor volverle a dar este deseo. Por eso hay que ir a la fuente misma de la vida, a la Vida eterna.

A los que le preguntaban por qué Jesús resucitado no se había manifestado también a sus enemigos para eliminar cualquier duda sobre la realidad de su resurrección, san Agustín respondía que para Jesús «era más importante enseñar la humildad a sus amigos que desafiar con la verdad a sus enemigos». ¿Que le diría hoy san Agustín a los que hablan de dar testimonio cristiano en términos de desafío?
 
BRAGUE: No nos engañemos sobre lo que quiere el Dios de Jesucristo. No es lo que nosotros, nosotros queremos. No quiere aplastar a sus enemigos, sino liberarlos de eso que los convierte en sus enemigos, es decir, de la falsa imagen que tienen de Él, la de un tirano al que hay que someterse. Él, siendo libre, se interesa sólo por nuestra libertad. Trata de curarla. Su problema es montar un dispositivo que permita ver curada la libertad herida de los hombres, de modo que puedan elegir libremente la vida contra todas las tentaciones de muerte que llevan dentro. Los teólogos llaman a este dispositivo “economía de la salvación”. Forman parte de él las Alianzas, la Iglesia, los sacramentos, etc. El papel de las civilizaciones es indispensable, pero no es lo mismo. Y también sus medios son diferentes. Las civilizaciones deben ejercer cierta obligación, física o social. La fe, en cambio, puede sólo ejercer una atracción sobre la libertad, por la majestad de su objeto. Quizá se podría volver a lo que los papas decían a los emperadores de Occidente, en torno a la reforma gregoriana, en el siglo XI: no es competencia vuestra la salvación de las almas, os basta hacer lo mejor posible vuestro oficio. Hacer que reine la paz.