LAS MATEMÁTICAS SON EL LENGUAJE CON QUE DIOS HA ESCRITO EL UNIVERSO - Galileo Galilei

viernes, 8 de junio de 2012

  REPENSAR A JOSÉ ANTONIO


El 24 de abril, hubiera cumplirdo José Antonio Primo de Rivera 109 años. Muchos son para recordarle ahora, tal como murió, -mejor dicho, le mataron-, a sus 33 años. Sin embargo, permanece en la Historia con el aroma nuevo que desprende todavía la juventud de su vida y su martirio.
Pocas veces le ha sido dado a nadie, como en este caso, que se prolongue su memoria sin que el transcurso de los años agriete ni arrugue la faz histórica de su recuerdo. Tan lejano en el contexto de su circunstancia temporal, pero tan presente en el propósito frustrado de su peripecia vital. Por todo ello, los joseantonianos nos confirmamos en nuestra voluntad de perseverar en nuestro esfuerzo por hacer realidad su sueño de una España capaz de lograr una vida en común, no sujeta a tiranía, pacífica, feliz y virtuosa (16 de enero de 1931).

LA GENERACION DEL 14. 

LA SEGUNDA REPUBLICA, SU PROPUESTA. 

EL FRACASO DE AZAÑA. 

NOVECENTISMO Y FALANGISMO



Por Manuel Parra Celaya

1. LA GENERACION DEL 14

«Otra generación ha llegado. Hay en textos jóvenes más método más sistema, una mayor preocupación científica. Son los que este núcleo forman, críticos, historiadores, filólogos, eruditos, profesores. Saben más que nosotros. ¿Tienen nuestra espontaneidad? Dejémosles paso».

Azorín, 1914

La llamada «generación de fin de siglo» fue adquiriendo con el paso de los años unas líneas defendidas, más por obra de estudiosos e historiadores de la literatura que por voluntad de sus miembros. Si «Azorín» reclamaba, gustoso, la pertenencia o la «generación del 98», Borja la despreciaba adustamente, fiel a su autodefinición de «pajarraco del individualismo». Lo cierto es que la expresión «noventayochista» ha hecho fortuna, si bien, como siempre ocurre, aun con debates eruditos sobre quiénes pueden considerarse sus componentes. También se mantiene abierto el debate sobre el alcance del llamado Modernismo y su imbricación con la Generación del 98; comúnmente se suele admitir que ambos conceptos pueden aplicarse, sin cortes, abismos o clasificaciones estrictas, a un grupo común de autores nacidos entre 1864 y 1875 que viven históricamente el «hecho generacional»” de la Primera Restauración, con su fecha detonante en el «desastre» del 98: «fue la gota que desbordó el vaso», dice Azorín, el biógrafo de la generación, con el intento de indicarnos que el malestar y la rebeldía juvenil no venían ocasionados por la guerra con los Estados Unidos y sus consecuencias (derrota, Tratado de París, pérdida de Cuba, Filipinas y Puerto Rico, desmoralización nacional…), sino por una trayectoria histórica que culmino con la restauración borbónica, la Regencia y la guerra de Ultramar.
Pero el mismo Azorín saludará alborozadamente, en 1914, a una nueva generación. Se trata de la segunda del siglo XX, llamada «del 10», «del 14» (por buscar un «hecho generacional» de la envergadura de la 1ª Guerra Mundial) o, ideológicamente, Novecentismo (en catalán original, el «Noucentisme»). Alrededor de la fecha de 1914 se producen una serie de actividades que definen sus primeros pasos, como el discurso de Ortega y Gasset «Vieja y Nueva Política», la expresión pública de la «Liga de Educación Política Española», a la que pertenecen Manuel Azaña, García Morente, Américo Castro…, la actividad de la «Residencia de Estudiantes», y el «Instituto Escuela», la fundación de la revista España (1915) o la tertulia del café Pombo, que preside Ramón Gómez de la Serna…
Así, podríamos recoger las certeras palabras que afirman que «los de la Generación del 14 han trabajado ciclópeamente; […] quisieron hacerlo todo: renovación político-social y renovación cultural, estética y profesión, meditación y pedagogía», y, especialmente, tuvieron para ello un «sentido misional» de la vida; porque «había, desde luego, que ocuparse de España, de su restauración, de su autenticidad; era menester ponerla al día, al nivel europeo, en ciencia, en arte, en sensibilidad; buscar salida al viejo conflicto en que dramáticamente se debatió todo el siglo anterior»[1].

2. SUS RASGOS
«Mi vida es amor a España»
   Gregorio Marañón
Lo cierto es que esta Generación del 14 supone un cambio de rumbo respecto a la anterior. Ya, de entrada, se diferencia en que es «rigurosamente universitaria en su formación» y «sistemática en su ideología»[2]. Ahondando en sus rasgos generacionales podríamos destacar[3]:
1º. La superación del pesimismo y del espíritu de protesta, por lo menos de las formas anteriormente conocidas: en efecto, el 98, el «desastre» ya ha sido asumido; la Restauración aceptada (de momento); el mundo exterior va cambiando y España puede también hacerlo. La tarea ahora, sin abandonar el criticismo intelectual, es proponer alternativas que construyan el futuro.
2º Los autores del 14 sienten cierta aversión « adoptar una postura desasosegada y dramática frente al problema nacional» prefieren «un enfoque más sereno e intelectual» que el de sus mayores.
3º. Si la mayor parte de los autores noventayochistas habían arribado a las playas del Casticismo, renunciando al Europeísmo de sus inicios (desde el exaltado «que inventen ellos» unamuniano hasta el moderado «hilo sutil que nos una a Europa» de Azorín), los del 14 tornarán a izar la bandera europeísta, especialmente en lo filosófico y lo cultural.
4º. Desde el punto de vista formal, se advierte incluso diferencia entre la expresión de unos y otros: en lugar de la sencillez noventayochista se prefiere ahora una prosa más rica, más recargada y embellecida, si se quiere; y, al revés, en Poesía, se abandonará la pompa decorativa modernista. Prosa y Poesía coincidirán en buscar una superior concreción intelectual; pensamos en un Juan Ramón Jiménez frente a un Machado; en un Ortega frente a un Baroja.
Estamos, pues, ante una generación de intelectuales, que entienden que «un intelectual es una parte de la conciencia de su Patria»[4].

3. SUS NOMBRES

«Mientras las mayorías en número no sean mayores de edad en la conciencia política, han de vivir bajo la tutela de las minorías capaces».
Gregorio Marañón

Larga sería la relación de autores relacionados con esta Generación del 14. Cabría polemizar si, por edad, alguno de ellos «pertenece» a ella, al situar las coordenadas de sus nacimientos entre 1875 y1890. Sería el caso de Menéndez Pidal (1869-1968), de Manuel B. Cossío (1857-1935), de Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), a quienes deberíamos situar, cronológicamente hablando, entre los noventayochistas. O de Ángel Valbuena (1890-1977), Ramón Gómez de la Serna (1888-1963) y Eugenio Montes (1897-1982), más cercanos a la Tercera Generación, la llamada «del 27».
No haya duda, sin embargo, en incluir a los máximos pensadores de la España del siglo XX: José Ortega y Gasset y Eugenio D’Ors (nacidos, respectivamente, en 1883 y 1882), y al doctor Gregorio Marañón (1887-1960), en el campo del ensayo; a Salvador de Madariaga (1886-1978) y a Américo Castro (1885-1972), en el ámbito de la Historia; a Federico de Onís (1885-1966), a Cansinos Assen (1883-1940) y a Manuel Azaña (1880-1940), como críticos y eruditos.
Como novelistas figurarían Ricardo León (1877-1943), Concha Espina (1887-1955), Ramón Pérez de Ayala, el discípulo de «Clarín», (1881-1962), Gabriel Miró (1879-1930), Wenceslao Fernández-Flórez (1879-1964) y Benjamín Jarnés (1888-1949), para figurar casi en solitario, en el campo de la poesía, el gran Juan Ramón Jiménez (1884-1958).
Todos ellos -y otros- coexistieron y aun convivieron con los autores de la generación anterior (Unamuno, los hermanos Machado, Besteiro, Valle-Inclán...), los «supervivientes» del Realismo (Blasco Ibáñez, Galdós) y vieron alborear la generación siguiente (Cunqueiro, Sánchez Albornoz, Pedro Laín, Rafael Alberti, Federico García Lorca... y José Antonio Primo de Rivera).

4. EL TALANTE DE LA GENERACIÓN
«Todo pasa. Pasan pompas y vanidades, pasa la nombradía como la oscuridad. Nada quedará a fin de cuentas de lo que hoy es la dulzura o el dolor de tus horas, su fatiga o su satisfacción. Una cosa sola, Aprendiz, Estudiante, hijo mío, una sola cosa te será contada, y es tu Obra Bien Hecha».
Eugenio D’Ors
Por supuesto, no existe una ideología generacional, ni en el caso de la generación del 14 ni en el de su precedente del 98. Ninguna generación la tiene. Entre sus rasgos comunes hemos aludido al rigor intelectual y de estilo o expresión.
Pero, ateniéndonos al ámbito de sus pensadores más influyentes, podemos enumerar algunos elementos ideológicos comunes y, especialmente, de talante o carácter, que nos servirán para atender el influjo en las generaciones siguientes y su aportación a la historia española del siglo XX.
a) El primer elemento es, precisamente, el carácter de su intelectualidad, que nos rompe el esquema del sesudo pensador encerrado en su biblioteca, laboratorio o «torre de marfil», elucubrando en su mente ideas abstractas, ajeno al ruido de la calle. Ortega es el «espectador» del mundo que tiene a su alrededor, su interés por lo actual abarca todos los ámbitos y actividades: literatura, arte, cine, política, sociedad... Eugenio D’Ors es el «guaita», el que mira, y su observación universal tiene, como en caso de Ortega, el afán sistematizador, totalizador: de lo anecdótico, de lo particular, ascenderá a lo categórico, a lo universal, y ésta es la definición de su original género, la Glosa. Marañón, miembro de cinco academias, es médico, investigador, y no renuncia por ello a lo histórico, a lo intrahistórico, a lo psicológico, a lo literario, a lo artístico.
Como se puede ver, los tres pensadores van a sentar una pauta, una actitud: que no exista divorcio entre filosofía y realidad cotidiana, entre pensamiento y vida; es el Raciovitalismo de Ortega o el Novecentismo de «Xenius»... Es una actitud que heredará la generación de José Antonio.
b) El segundo elemento común a ser el afán de selección, la tendencia aristocratizante («aristos», el mejor) frente a lo vulgar, lo plebeyo. D’Ors anhelará una «aristocracia de la conducta» en su pedagogía; Ortega echará en falta, a lo largo de la historia de España, una «minoría selecta»: en el pasado, será la causa de la decadencia, en el presente evidenciará el fenómeno de «rebelión de las masas», que imponen su vulgaridad; Marañón exigirá que las mayorías, mientras no sean mayores de edad, vivan bajo la «tutela de las minorías capaces»[5]. Este afán de selección puede extenderse del terreno de las ideas al literario, si observamos el tono barroco y arcaizante de Ricardo León, el lirismo culto de Gabriel Miró, la novela intelectual de Pérez de Ayala, o la «poesía desnuda» de Juan Ramón, con la dedicatoria significativa «A la memoria, siempre».
c) La tercera nota de esta Generación es su liberalismo, que hay que enfocar desde dos puntos de vista: el político y el personal, en el sentido histórico de «generosidad». Sobre el primer sentido, casi todos los autores hacen gala de esta definición. Así, como ejemplo, Marañón, en su exilio parisino, repite la anécdota de que el Comité Obrero de Madrid prohibió la reedición de uno de sus libros porque en una de sus páginas decía «Yo, que siempre he sido liberal, gracias a Dios»[6], si bien recuerda que nunca perteneció a partido político alguno.
La adscripción liberal de los hombre del 14 está fuera de duda, pero no debemos olvidar que estamos hablando de un liberalismo español que, ideológicamente, se había reformado a sí mismo, con las aportaciones del Krausismo y del Regeneracionismo. No existe, por ello, contradicción entre la definición liberal y el afán de selección indicado en el apartado anterior. Tanto Ortega como Marañón como D’Ors insisten repetidamente el tipo esencial de hombre al que se dirigen y al que quieren educar con su «pedagogía de la misión». Marañón nos dirá, como muestra:
«La dictadura no se evita declamando contra ella, sino haciéndola imposible con nuestra rigurosa disciplina del deber»[7].
Y también:
«Ser liberal es, precisamente, estas dos cosas: estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo; y no admitir jamás que el fin justifica los medios, sino que, por el contrario, son los medios los que justifican el fin»[8].
d) La vocación pedagógica como compromiso de su ideología. En efecto, estos intelectuales ejercen de educadores de la conciencia nacional; su labor filosofía es, por definición, labor educativa.
Eugenio D’Ors llamará a los maestros «cofrades mío» (por aquello del «cotidiano insistir y acaso, más de una vez, por lo del sermón perdido», añadirá con ironía) y elaborará toda una teoría del aprendizaje en comparación con la artesanía[9]; Ortega llenará los teatros madrileños con sus conferencias, al quedársele pequeñas las aulas universitarias; Marañón reclamará la educación «en el sentido del deber»...
Si la generación del 98 se «chapuzaba en pueblo» para encontrar las raíces de su «volgeist», sus herederos del 14 consideran imprescindible educar a ese pueblo para sus propuestas políticas no se articulen en falso.
A estas alturas, puede adelantarse la idea de que esta simiente pedagógica fructificó en la generación siguiente, pero quizás en sentido diferente al que habían previsto sus maestros: la derivación de sus enseñanzas acaso no podía ser un calco de sus doctrinas, máxime en un mundo en que los nuevos planteamientos contrapuestos -comunismo, fascismo- pretendían construir nuevas sociedades, arrumbando revolucionariamente con lo anterior. O acaso éstas eran las derivaciones lógicas de sus enseñanzas regeneracionistas para una España del futuro. Como todos los padres, los maestros del 14 se sorprendieron de sus hijos:
«Cualquiera de los profesores españoles pudimos comprobar este mismo hecho. Hoy una mayoría de nuestros estudiantes luchasen como soldados voluntarios en las filas nacionalistas. Muchos de ellos se habían educado en su ambiente liberal y habían pertenecido al comenzar sus estudios a las asociaciones estudiantiles liberales, y aun socialistas y comunistas»[10].
Como también veremos, Ramiro Ledesma Ramos se reitera discípulo de Ortega en La Conquista del Estado y José Antonio le llama «lejano maestro» en su Homenaje y Reproche.
e) La vocación política ineludible es una nota característica de esta generación, con acento más marcado que la episódica afiliación socialista de Unamuno en la generación anterior, por poner un ejemplo conocido. La vinculación del intelectual y la política no era ciertamente algo nuevo en España, desde que los Ilustrados del siglo XVIII unieron el predicar y el dar trigo; pero esta generación del 14 va a ser constituir ciertamente un grupo comprometido, en el sentido más actual de la palabra.
La Dictadura del General Primo de Rivera los llegará a tener enfrente. Es conocida la anécdota de Marañón, al que don Miguel encarceló durante un mes y le impuso una multa de cien mil pesetas, por creerlo implicado en la «sanjuanada». Marañón, con los años, dijo que «combatió a la dictadura no al dictador», que «era un hombre nobilísimo»[11]. José Antonio se quejará amargamente: « ¡Si los intelectuales hubieran entendido a aquel hombre!».
Eugenio D’Ors es, como sabemos, un caso particular en sus relaciones con la política; su «política de misión» empezó en la Cataluña de la Mancomunidad, donde fue el factótum cultural bajo el gobierno de Prat de la Riba; su enfrentamiento con Puig y Cadafalch tuvo raíces ideológicas evidentes (rechazo del nacionalismo, defensa del sindicalismo), pero fue enmascarado por el poder catalanista como malversación de fondos, lo que llevó a «Xenius» a continuar su «política de misión» en castellano y desde Madrid.
Pero la vocación política de los intelectuales del 14 puede ejemplarizarse en el grupo «Al servicio de la República» y su manifiesto, que finalizaba con las contundentes palabras «¡Delenda est Monarchia!». La Agrupación contó con Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, y del Manifiesto dijo José Antonio que «estaba escrito en la mejor prosa de estos maestros de la prosa, hablaba de poner proa a toda máquina hacia nuevos rumbos, de unirnos a todos en una empresa nueva, transparente y envidiable» y que su música «fue la que decidió a la mayor parte de los electores del 12 de abril».
La Generación del 14 fue la comadrona de la II República Española, haciendo gala de su intención transformadora. Ahora bien, ¿eran realmente políticos sus hombres? Ortega había dicho que «Política es tener una idea clara de lo que se debe hacer desde el Estado en una nación»[12]; en ese sentido, casi ninguno de ellos llegó a ejercer «profesionalmente» la tarea política; su influencia fue más moral, pero no menos decisiva.
Así lo reconocerá Marañón en carta a Ortega, tras las elecciones para las Constituyentes:
«Querido Ortega: no me deja el pensamiento que hemos de decir algo al país en estos momentos. Hemos sido una fuerza grande para traer la República y hemos dado un sentido más alto que el que había hasta entonces al movimiento»[13].
En el texto anterior se aprecian claramente dos ideas claras: la influencia del grupo de intelectuales del 14 en el advenimiento de la II República y el desencanto ante la evolución de su criatura, el famoso «No es esto, no es esto» de Ortega y Gasset. Porque, antes que políticos fueron intelectuales, lo que configuraba un talante distinto, tanto en la postura inicial («Siempre me he rebelado a juzgar a los hombre por sus actitudes políticas». «Lo que da sentido respetable a la circunstancia política es el servirla con amor»[14]), como en la actitud permanente («Al echar sobre sí una misión política, el intelectual renuncia a la más cara de sus libertades: la de revisar constantemente sus propias conclusiones; la de conferir a sus conclusiones la condición de provisionales»[15]).

5. LA II REPÚBLICA: ILUSIÓN Y FRUSTRACIÓN 

«No es esto, no es esto» 
Ortega
Se le llamó, gozosamente, «la República de las letras». El Manifiesto de Ortega, Marañón y Pérez de Ayala compuso, según José Antonio, la excelente música para «la alegría del 14 de abril». ¿En qué se basó el Fundador para reiterar estas expresiones de excelencia y de alegría?
Precisamente en los mismos motivos por los que los pensadores del 14 habían alumbrado su obra: ilusión transformadora para España en línea de conjunción de la esencia nacional y de la modernidad; recordemos: «poner proa a toda máquina hacia nuevos rumbos, de unirnos todos en una empresa nueva, transparente y envidiable».
Es decir, la II República encarnaba la promesa de una auténtica revolución pendiente en España. En el siglo XIX no se había llevado a cabo la revolución industrial; fue una sociedad atrasada, casi exclusivamente rural y caciquil, con altísimos niveles de analfabetismo e incultura, desangrada en guerras civiles, sin encontrar su pulso histórico; la Primera Restauración había sido a modo de «tapón» o apósito de urgencia, sin curar ninguno de los problemas, incluso agravándolos. Si se ha dicho con toda razón que «no se entiende el 36 sin haber estudiado antes el siglo XIX y todo el principio del XX»[16], podríamos afirmar igualmente que no se pueden entender los motivos de la «alegría» que dice José Antonio sin analizar antes la tristeza que acompaña los cien años precedentes.
La irrupción de los movimientos obreros en una sociedad profundamente atrasada había contribuido a que ahora fueran tres la posturas enfrentadas sin posibilidad viable de conjunción; como dirá Salvador de Madariaga, «dominan la política pasional y activa de los españoles tres dogmas irreconciliables: el socialista, el liberal y el clerical»[17].
Las mentes de los intelectuales del 14 albergaban un proyecto ilusionante: el de la convivencia de todos los españoles y el de la construcción de lo que entendían por verdadera democracia, mediante la acción de un Estado Nacional auténtico que «sirviera instrumentalmente» a la realidad histórica de la Nación Española[18].
Claro que volvemos a encontrarnos con la matización ya efectuada entre el intelectual y el político, en tanto que los inspiradores ideológicos de la República limitaban su campo de acción al de las buenas intenciones teóricas… y utópicas. Así, nos dirá Marañón:
« [La verdadera democracia] es la que se acepta como un deber por un grupo de hombres que se saben de antemano lo suficientemente preparados y cultos para que la democracia no sea ninguna de estas tres cosas profundamente antidemocráticas: ni imposición a quien no se sienta demócrata; ni narcótico para que los esclavos se crean libres; ni antifaz para que algunos disfracen de liberalismo su ansia de mandar»[19].
Uno de los principales motivos para que la «música» inicial de la II República sonara sugestiva era la incorporación del movimiento proletario a la tarea nacional, aspecto en el que parecía que la Rusia soviética y la Italia fascista llevaban, cada una a su modo, la delantera. Ortega había dicho: «Para nosotros existe el problema nacional». Su discípulo, José Antonio, lo hará constar en su valoración:
«Su aportación más profunda y más interesante [de la República] era la incorporación de los socialistas a una obra de gobierno no exclusivamente proletaria. Esta sí que era una posición interesante; los socialistas, por una vez, interrumpían su rumbo de movimiento de clase, de movimiento exclusivamente proletario, y se matriculaban en un movimiento que tenía todo un aire nacional»[20].
Se podría haber añadido que también la corriente anarcosindicalista parecía ilusionada con el nuevo rumbo republicano; las ideologías obreras podían formar parte, a priori, del proyecto nacional. Claro que el dogmatismo y la impaciencia revolucionaria, por una parte, y las líneas de gobierno del Régimen, por la otra, frustrarían estas expectativas.
Pero, ¿por qué defraudó la República a sus inspiradores intelectuales? Ortega se apartó de la política activa para emprender una «campaña de reforma» en 1932, y llegó en 1935 a rechazar la Banda de la República que le ofreció el Gobierno. Marañón iba comprobando que el «sentido del deber» predicado se esfumaba en la evidencia del día a día; Pérez de Ayala, embajador en Londres, vivía alejado de la realidad española; hasta el poeta Juan Ramón Jiménez declaraba en 1936: «La República me ha defraudado [...] Estos hombres del nuevo régimen son más o menos como los del viejo [...] Reconozco la probidad de Azaña [...] Pero no son éstos los hombres que salvarán a España»[21].
No es éste el lugar para formular amplios diagnósticos o hipótesis sobre el fracaso de la República, tema polémico que, por otra parte, sigue enfrentado a los historiadores. Citemos, simplemente, algunas opiniones. Así, por ejemplo, un historiador de la generación del 14, Salvador de Madariaga, dirá:
«La historia de la II República es en su esencia la de esta lucha interna del centro por existir y de los extremos para impedirle cobrar masa y momento»[22].
Echa la culpa del fracaso del régimen al carácter español «intransigente y absurdo» y a los antagonismos personales entre Azaña y Lerroux.
Raymond Carr, tras aludir a los excesos demagógicos de los gobiernos de inspiración socialista con respeto al problema religioso, nos asegura:
«[La II República] no supo sostenerse frente a las fuerzas que habían manejado la Monarquía Constitucional - el Ejército, las "clases respetables" - ni frente a las presiones de quienes rechazaban la república burguesa de la misma manera que habían rechazado antes la Monarquía constitucional: la extrema derecha y la izquierda revolucionaria»[23].
Gabriel Jackson coincide con esta opinión:
«Ninguna persona de mente lúcida se dejará llevar por la confortable conclusión de que la República fue destruida por minorías violentas [...] La verdad es mucho más seria [...] La República fue atacada, ante todo, por las tradicionales clases gobernantes, que se vieron amenazadas en sus privilegios, y por aquellos obreros que tenían nociones muy simplistas de lo que supone gobernar una sociedad compleja»[24].
Con todo, la explicación puede ser más profunda. El propio Madariaga, más en su papel de historiador del 14, nos ofrece parte de la clave:
«El hecho de que no se intentó la educación cívica del pueblo a fin de darle la noción de gobierno democrático y lo que implica en deberes más que en derechos, ha de contarse en toda la historia honrada de la República como una de las causas de su fracaso»[25].
Luego, el propio Madariaga menciona los problemas que la República no supo o no pudo solucionar: problema religioso, problema militar, problema agrario, problema obrero, enseñanza y problema regional.
Recientemente, José Mª García Escudero completa el diagnóstico:
«Regionalistas, proletarios, militares, Iglesia [...] La República era el equilibrio de todas estas fuerzas; las necesitaba a todas; había nacido para abarcarlas; pero la condición para ganárselas era que diese solución a sus problemas reales hasta donde el equilibrio lo permitiese. No hacerlo fue la sentencia de muerte contra la República»[26].

6. EL CASO DE MAUEL AZAÑA
«El señor Azaña pudo hacer sencillamente la revolución española, la inaplazable y necesaria revolución española». 
José Antonio
El tópico de la contradicción entre las vocaciones de hombre de letras y político acaso puede ejemplarizarse trágicamente en la figura de uno de los intelectuales del 14 cuyo papel en la inspiración y creación de la 2ª República no fue decisivo, pero sí su papel histórico a lo largo del Régimen; igualmente podríamos hablar de su responsabilidad cultural y moral en el fracaso republicano y en el estallido de la guerra civil[27].
Manuel Azaña Díaz había estudiado en el Colegio de Agustinos de El Escorial; licenciado en Derecho, amplió estudios en Francia. Estuvo afiliado al Partido Reformista, que abandonó en 1924 para fundar Acción Republicana, luego Izquierda Republicana (1934); fue secretario y luego presidente del Ateneo de Madrid. Mucho se ha escrito sobre su figura; vamos aquí sencillamente a trazar unas pinceladas sobre su relación con la generación del 14, con la República y con José Antonio.
Salvador de Madariaga dirá de él lo siguiente:
«Era hombre de gran distinción intelectual, elevación moral y orgullo; con cierto aspecto femenino en su carácter al que debió su excesiva sensibilidad que protegía con una rudeza y una rugosidad puramente superficiales, amén de rodearse de una atmósfera algo cerrada y no poco malsana, que solían hacer irrespirable sus no siempre discretos amigos».
Opina Madariaga que Acción Republicana era «la base de la República» y la califica de «el más competente, inteligente, honrado y de mejor deseo en la zona media: el único partido burgués bastante progresivo para desear llevar a España hacia una era nueva y bastante conservador para poder intentarlo con eficacia»[28].
Raymond Carr añade que Azaña era «conscientemente moderno»:
«Era un intelectual de izquierda y un estudioso de la política francesa; no era socialista, pero sólo podía sobrevivir en la Cámara como jefe de gobierno con la ayuda de los votos socialistas»[29].
Recordemos que estamos hablando de los votos socialistas a los que Julián Besteiro asigna gran parte de responsabilidad en la derrota republicana por «habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración más grande que han conocido quizás los siglos».
Adolfo Muñoz Alonso recuerda las palabras de José Antonio: «Azaña no era popular; era un intelectual de minoría, un escritor selecto y desdeñoso, un dialéctico exigente, frío, exacto y original» y añade que «era hombre de ideas y literatura, y no de ideales o de armas»[30].
Quizás el talante de Manuel Azaña pueda estudiarse a partir de la frustración en lo personal y del fracaso en lo literario, pero ello requeriría adentrarse casi en lo psicoanalítico. Ya Unamuno había advertido antes del advenimiento de la República: «Cuidado con Azaña. Es un escritor sin lectores. Sería capaz de hacer la revolución para que lo leyeran». Claro que es conocida la inquina azañista hacia regeneracionistas y noventayochistas [...] Se ha dicho que hasta su iniciación masónica - que describe en su Diario - se debió a motivos personales, para «contrarrestar la hostilidad del también masón Lerroux y el desvío del Gran Maestre Diego Martínez Barrio»[31].
En su Diario de 1921 manifiesta opiniones no precisamente positivas sobre José Ortega y Gasset, su compañero de generación: «Una cosa es pensar; otra, tener ocurrencias. Ortega enhebra ocurrencias [...] Su originalidad consiste en haber tomado la Metafísica como trampolín de su arribismo y de sus ambiciones de señorito [...] Iba a ser el genio tutelar de la España actual; lo que fue el Apóstol Santiago en la España antigua. Quédese en revistero de salones».
Sobre sus juicios y opiniones sobre la política activa que le tocó vivir y sobre la guerra civil puede leerse lo que Ricardo de la Cierva considera su testamento político: «La Velada de Benicarló».
Azaña es, por otra parte, el político de la II República sobre el que más escribe José Antonio Primo de Rivera y al que más se refiere en su trayectoria parlamentaria; dice José Mª García Tuñón de Aza que «José Antonio estuvo siempre dispuesto a concederle a Azaña el beneficio de la duda»[32]. En agosto de 1934, el Fundador de la Falange lo incluye entre los políticos de izquierda que «se han desligado por completo de toda emoción española»[33]; en febrero de 1935, en un discurso en Salamanca alude, aunque pluralizando en «los que gobernaron durante el período de Azaña», al «esteticismo monstruoso, jugando con los valores más caros al alma popular y menospreciando las ansias espirituales del pueblo»[34]. Cuando los sucesos del 6 de octubre, José Antonio habla sobre la responsabilidad de Azaña y el proceso que le abre el Parlamento[35] y en ese mismo discurso, sorprendentemente, se halla el principal reproche que formula el joven parlamentario hacia la figura del estadista y sobre la República, reproche que, como veremos, coincide casi totalmente con los motivos por los que los intelectuales del 14 se irán desengañando de su creación política:
«A los sistemas políticos hay que enjuiciados en su conjunto, y el reproche político que puede lanzarse sobre el señor Azaña, la verdadera y grave acusación [...] es ésta: el señor Azaña tuvo en sus manos una de esas coyunturas que bajan sobre los pueblos cada cincuenta, sesenta o cien años; el señor Azaña pudo hacer sencillamente la revolución española, la inaplazable y necesaria revolución española, que ya vamos camino de escamotear. España necesita su revolución. España necesita una revolución que le devuelva el sentido de un quehacer en el mundo y que la instale sobre una base social tolerable. La base social española está saturada y entrecruzada de injusticias; los españoles, todavía en una gran parte, viven al nivel de los animales. El país español, la nación española, necesita una reorganización total de su economía; necesita un sentido social absolutamente nuevo y necesita sentirse unida en una misión colectiva que cumplir. Esto esperó encontrarlo cuando la última ocasión española revolucionaria, que fue la de vuestro 14 de abril [...] y en vez de aprovechar aquella coyuntura de unidad magnífica, dolorosa para algunos, pero prometedora, la convertisteis en una política que nos dividió, que nos exasperó, que nos lanzó a los unos contra los otros; que llegó a ser la política de la molestia diaria, de la desunión entre los españoles».
Nuevamente vuelve José Antonio a referirse a Azaña[36] y lanza el famoso vaticinio: «Antes de la primavera del año próximo tendremos a Azaña en el poder». Un artículo en Arriba, titulado «Azaña»[37], vuelve a recordar éstas y otras consideraciones, como la definición de este intelectual del 14 ya mencionada. José Antonio dirá que era «una de las figuras del 14 de abril menos conocida para el público» y «sin duda un sujeto político del mayor interés»; al preguntarse sobre las causas de su fracaso en su primera experiencia de gobierno supondrá:
«Es posible que se sobrepusiera quién sabe qué antiguo resentimiento individual a sus condiciones de político. Es posible que estas condiciones externas -y extraordinarias- de político se malograran en la inutilidad por falta de un aliento fecundo. “Azaña o la infecundidad” podría llamarse el ensayo que sobre él se escribiera...».
También le llama, entre la admiración y la ironía (con más de lo primero que de lo segundo), el «Cesar» de la revolución de abril; y, sobre todo, «el hombre de las dos ocasiones»; formula una crítica del discurso que había pronunciado Azaña en Madrid el 20 de octubre de 1935, destaca su elegancia y el valor de gran parte de su crítica, pero discrepa de sus propuestas por lo escasamente revolucionarias en el fondo, por estériles. Y culmina el artículo de José Antonio con la profecía de que «Azaña volverá a tener en sus manos la ocasión cesárea de realizar, aun contra los gritos de la masa, el destino revolucionario que le habrá elegido dos veces», y con la propuesta -orteguiana- de «una gran empresa nacional de todos los españoles».
En el mitin del cine Madrid[38] vuelve a formular un vaticinio, pero esta vez mucho más concreto:
«Si ahora viniera Azaña sería sobre el lomo de otras masas harto distintas: de las masas torvas, rencorosas, envenenadas por los agentes españoles del bolchevismo ruso. Y contra esas masas, que ya no serían dócil instrumento en las manos de su rector, sino torrente que lo desbordar y sometiera a su arbitrio; contra esas masas el esteticismo elegante y estéril de Azaña no podría ni poco ni mucho».
A pesar de este pesimismo sobre el futuro del líder político, en numerosas ocasiones vuelve José Antonio a concederle créditos de confianza. Así, en una entrevista en diciembre de 1935[39]: «Si los gobernantes -Azaña, por ejemplo- tuvieran el inmenso acierto de encontrar una política nacional que les asegurara la sustitución de tan precarios apoyos[40] por otros más fuertes y duraderos, acaso gozara España horas fecundas».
En Arriba, de nuevo, se referirá[41] a «la segunda oportunidad de Azaña», en términos parecidos. Finalmente, el 5 de marzo de 1936[42] se preguntará, por motivos ya expresados, si tiene Azaña «vocación de Kerenski». El desengaño de José Antonio quizás pueda ejemplarizarse definitivamente en el artículo «Prieto se acerca a la Falange»[43], cuando pasa revista a la actitud del gobierno del Frente Popular.
Observados los testimonios, repasando las páginas más trágicas de nuestra historia del siglo XX, y, sobre todo, contrastando las esperanzas y expectativas con las realidades, podemos concluir que, efectivamente, el fracaso de Azaña, el intelectual de la Generación del 14 que sí ejerció de político, bien puede considerarse el fracaso de la ocasión de la II República Española.



[1] E. BARCO TERUEL, E.: Elogio y nostalgia de Marañón. Ed. Barna 1961, pág. 275.
[2] G. DÍAZ PLAJA, G.: La literatura española encuadrada en la universal. Ed. la Espiga. 1962.
[3] GARCÍA LÓPEZ, José: Historia de la literatura española. Vicens 1977.
[4] MARAÑÓN, Gregorio: El intelectual desterrado, en La Nación de Buenos Aires. 21-VII-40. Citado por Mariano Gómez-Santos en Españoles sin fronteras. Planeta. 1983.
[5] MARAÑÓN, G.: Amor, convivencia y eugenesia. Madrid, 1931.
[6] Ídem. o.c., Tomo IV, págs. 381-382. Espasa Calpe. 1968
[7] Ídem. Raíz y decoro de España. Espasa Calpe,. 1941.
[8] BARCO TERUEL, E.: Elogio y nostalgia de Marañón, pág. 243.
[9] Véase, por ejemplo, su conferencia Aprendizaje y heroísmo, en la Residencia de Estudiantes en 1915.
[10] MARAÑÓN: Liberalismo y comunismo, Buenos Aires, 1938
[11] Más tarde, el doctor Marañón acogería a su servicio del Hospital Provincial a Fernando Primo de Rivera con gran afecto; le confió la traducción de un libro de Endocrinología que el propio Marañón prologó, y que Fernando no pudo llegar a ver porque ya había sido asesinado. Citado por Marino Gómez-Santos, en obra mencionada, pág.20.
[12] Vieja y Nueva política.
[13] Citado por Marino Gómez-Santos. o.c., pág. 119.
[14] Ídem., pág. 104.
[15] JOSÉ ANTONIO: Haz. 5-XII-35. Enrique Barco Teruel, en Elogio y nostalgia de Marañón. pág. 236. casi repite literalmente estas palabras del Fundador de Falange.
[16] GARCÍA DE TUÑÓN AZA, José Mª: José Antonio y la república, pág. 23.
[17] MADARIAGA, Salvador: en Ahora 13-III-35.
[18] BROCÁ, Salvador: Falange y filosofía, pág. 208.
[19] MARAÑÓN: Discurso en Lima, 31-8-39.
[20] JOSÉ ANTONIO: Discurso en el Parlamento, 6-VI-34.
[21] Declaraciones en Buenos Aires, 23-V-35. Citado por José Mª García Truñón  Aza, en José Antonio y la República, pág. 24.
[22] MADARIAGA: España. Espasa Calpe, 1978, pág. 314.
[23] CARR, R.: España 1808-1939. Ariel, pág. 578.
[24] Los escritores y la Guerra de España, citado por José Mª García Truñón Aza en obra mencionada, pág. 23.
[25] MADARIAGA: o.c., págs. 325-326.
[26] GARGÍA ESCUDERO, José Mª:. Historia breve de las dos Españas. Citado por García Tuñón Aza, en José Antonio y la República, pág. 25.
[27] «Azaña apenas contribuyó políticamente a la guerra civil, pero sí lo hizo culturalmente». R. de la Cierva: Ministerios de la Historia, pág. 159 y ss.
[28] MADARIAGA, Salvador: España, pág. 313 y ss.
[29] CARR, E.: o.c., pág. 579.
[30] A. MUÑOZ ALONSO, A.: Un pensador par aun pueblo, pág. 76 y ss.
[31] Citado por R. de la Cierva en la 2ª parte de Ministerios de la Historia, pág. 315, recogiendo la opinión de la profesora Gómez Molleda.
[32] GARCÍA DE TUÑÓN AZA, José Mª: o.c., pág. 75.
[33] Libertad, de Valladolid, 27-8-34.
[34] Resumen del discurso en El Adelanto, 12-8-35.
[35] 21-3-35.
[36] Arriba, 28-3-35.
[37] Íbid. 6-4-35
[38] Íbid. 17-11-35.
[39] "Blanco y Negro". 25-XII-35.
[40] «La tolerancia del centro y el apremio de las masas revolucionarias».
[41] 25-26 de diciembre de 1935.
[42] Arriba, nº 34.
[43] Aquí estamo,". Palma de Mallorca, 23-5-36.

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