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viernes, 6 de abril de 2012

La Primavera árabe vista desde Arabia Saudita


La Primavera árabe vista desde Arabia Saudita
Madawi Al-Rasheed  5/04/2012

Las revueltas árabes, que comenzaron en Túnez y se difundieron en todo el mundo árabe, desde Marruecos a Siria, no podían llegar en un peor momento para los líderes sauditas. La vieja clase dirigente, debilitada por divisiones internas, ha estado seriamente preocupada a causa de los movimientos de protesta que se materializaron en el país, no sólo en la Provincia Oriental donde vive una minoría chiita, sino también en muchas ciudades sauditas. El régimen ha respondido a las manifestaciones de tres modos. En primer lugar, con la fuerte intervención de las fuerzas de seguridad; en segundo lugar, con el despliegue del establishment religioso, que ha condenado en repetidas ocasiones la desobediencia civil como contraria al Islam, jugando, al mismo tiempo, la carta del sectarismo, sobre todo contra la comunidad chiita; por último, distribuyendo beneficios económicos para comprar la fidelidad de los sauditas.

Estas tensiones internas determinaron el modo con el cual Arabia Saudita respondió a las revueltas en los países limítrofes y en el mundo árabe en conjunto. Se han adoptado tres estrategias: contención, contrarrevolución y apoyo a la revolución. En Túnez y Egipto inicialmente los medios de comunicación sauditas se mostraron críticos con las protestas y se posicionaron con bastante claridad en apoyo de los regímenes. Por ejemplo, se afirmó que Buazizi, el joven tunecino que se mató prendiéndose fuego, tenía una fe débil y fue incapaz de soportar las dificultades, de lo contrario habría evitado cometer un suicidio, un acto que en el Islam se condena. Pese a las estrechas relaciones en materia de seguridad, a fin de cuentas Túnez era marginal para la política saudí y al final el régimen aceptó el hecho consumado. Sin embargo, Arabia Saudita no felicitó a los tunecinos por su revolución hasta hace poco tiempo, cuando el nuevo Primer Ministro tunecino, Jibali, visitó Riyad, principalmente para discutir la suerte del ex presidente Ben Alí, que encontró refugio en Jedda.

El caso de Egipto fue, en cambio, más crítico, pero ha representado también una oportunidad. Mubarak era un aliado importante contra Irán y los líderes sauditas trataron de prolongar su poder. También en este caso, sin embargo, los intentos sauditas fracasaron y se creó un gobierno de transición. Como consecuencia de las elecciones libres, tanto en Egipto como en otros lugares, los islamistas llegaron al poder. Aunque pueda parecer sorprendente, para un Estado que sostiene que la Ley islámica es su única Constitución, Arabia Saudita quedó decepcionada con este resultado. En efecto, los Hermanos Musulmanes representan un verdadero desafío para el régimen de Riyad, porque constituyen una alternativa islámica al modelo saudí, basado en una mezcla de democracia e Islam. Hasta ahora, el régimen saudí ha sostenido el Consejo militar instituido en El Cairo para contrastar la influencia de la Hermandad. En algunas ocasiones la vieja ambición de guiar toda la rama árabe sunnita se ha materializado de nuevo, aunque se pueda dudar de la factibilidad de este proyecto. En este sentido, se puede afirmar que la crisis egipcia se percibe como una oportunidad.

La estrategia de contrarrevolución fue adoptada principalmente en Bahréin y, en parte, en Yemen. Los medios de comunicación saudíes presentaron el movimiento democrático bahreiní como una conspiración chiita guiada secretamente desde Irán: una hipótesis difícilmente creíble, puesto que Bahréin se precia de una larga tradición de compromiso político y aunque los chiitas, como toda comunidad religiosa, tienen una dimensión transnacional, la mayoría de los bahreiníes quiere seguir siendo árabe. La mayor preocupación del régimen saudí era la posible caída de la dinastía bahreiní, los al-Khalifa, lo cual habría abierto las puertas a otros cambios en los países del Golfo, sin excluir a la misma Arabia Saudita. Por este motivo, los sauditas optaron por una intervención militar directa en apoyo de los al-Khalifa contra los rebeldes, una noticia que no recibió ninguna cobertura mediática significativa en Occidente. Sin embargo, esta acción ha llevado a una crisis prolongada, en la cual los compromisos son cada vez más difíciles: una vez que un hermano mayor sostiene a un régimen menor, este último ya no es responsable ante su pueblo.

Si contención y contrarrevolución fueron las dos principales estrategias que adoptó Arabia Saudita durante los primeros meses de las revueltas árabes, puede sorprender el sostén explícito de Riyad a la revolución siria, sobre todo si se compara con la posición que se ha adoptado en Bahréin. Esta contradicción, obviamente, la ha aprovechado el régimen de Assad, cuyo representante en la ONU ha pedido recientemente el envío de una fuerza de paz a Bahréin y Qatif (la capital de la Provincia Oriental) en lugar que a su país.

La dictadura del Partido Baath oprime a los sirios desde hace 40 años. Sin embargo, detrás de la decisión saudí de contrarrestarla hay intereses regionales: parece que el objetivo, en efecto, sea más bien derrotar a Irán en Siria que sostener a los sirios. Siria también es una clave de acceso para el Líbano y para los sauditas un éxito allí equilibraría las recientes pérdidas de posición que han sufrido tanto en Irak como en Palestina. Se debe añadir, además, que a lo largo de los meses la cuestión democrática —que originalmente fue la fuerza que impulsó las manifestaciones— se ha visto desbancada y oscurecida por tensiones sectarias, hasta tal punto que ahora el conflicto sirio corre el riesgo de convertirse en una guerra regional.

¿En qué podría desembocar esta crisis? Mi mayor preocupación es que Oriente Medio se divida según líneas sectarias, con potentados alauitas, drusos, curdos, quizá cristianos, sunnitas y chiitas, principalmente. Temo verdaderamente este escenario, porque la tiranía de la comunidad es insoportable.
 
Deseo y espero, en cambio, que nazca un Estado civil, tanto en siria como en el resto del mundo árabe.

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